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   Comentario de libros

La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia
  de Esteban levin, Nueva Visión, 2000.
   
  Por Graciela  Montes
   
 
He leído con mucho interés, y con mucho gusto, La función del hijo, de Esteban Levin. No estoy muy segura de poder aportar mucho en esta presentación, ya que soy sólo una escritora, y los escritores en el fondo somos personas bastante ignorantes, que nos interesamos por muchas cosas y no sabemos mucho de nada. El único terreno en el que tal vez sepamos un poquito más que otros es en el del oficio, el que tiene que ver con el material que usamos para nuestras construcciones. Podemos detectar una rima secreta, sufrir por el modo en que se retuerce o languidece una frase, bostezamos sin remedio cuando llega lo mecánico-trillado, nos gusta explorar con algún erotismo la lengua, destapar significados secretos, ese tipo de cosas. Los que escribimos ficción estamos además habituados a elaborar mundos imaginarios. Esa es en el fondo nuestra única destreza. Eso no significa que no tengamos otros intereses más amplios, y que en cierto sentido todo escritor no sea –aun cuando se autopostule lo contrario– un humanista, pero la verdad es que nuestros conocimientos suelen ser menos amplios de lo que la gente cree. Lo que sí, en ocasiones, no siempre, y debido supongo a esa especie de atención fluctuante que tenemos, a esa disponibilidad amplia que nos hace sentir que nada nos es ajeno cuando escribimos –aunque en el fondo y al mismo tiempo estemos afuera de todo cuando escribimos, como mirando el mundo por un agujerito–, los escritores tenemos algunas intuiciones. Supongo que eso fue lo que le hizo pensar a Esteban Levin que podía servir de algo mi presencia aquí.

¿Y cuál es el aspecto del libro de Levin que me seduce a mí, escritora? El registro clínico de casos. No la teoría, y mucho menos los esquemas explicativos. Lo que me seduce es la clínica. Para la que Esteban Levin tiene dotes extraordinarias según me parece a mí. Ojos abiertos, corazón caliente y esa disponibilidad, esa aceptación del caos primigenio frente al que muchos otros se presentan armados de pies a cabeza con teoría, con casuística o con prejuicios, y a la que Esteban Levin va desnudo. Eso no quiere decir que no tenga recursos, los tiene en abundancia y los hace valer cuando llega al momento, pero a mí lo que me seduce es ese primer momento de apertura en que se deja mojar (enchastrar, untar, permear, elijan) por el Otro. Si ese momento de deslumbramiento y aceptación, esa disponibilidad, no existiera, Esteban Levin no podría llevar adelante esa idea que tiene de construir en los bordes de lo irreparable. De todas las historias incluidas en el libro, la que más me conmovió fue la de Pedro, tal vez la historia en la que la disponibilidad era más riesgosa, o la historia en que sentía que había más amor en juego (¿será igual decir “amor” que “transferencia”?). En esa historia, el hiato –el caos disponible– es más ancho que en otras. Desde el “lentamente voy armando el escenario…” de la página 88 hasta el pequeño milagro del pajarito de mimbre de la página 89 está el tiempo. Un largo tiempo de más de una página en que sólo se puede amar, confusamente, a Pedro irreparable. Luego sucede el pajarito y Levin hace su voz de pajarito, y recupera su oficio y sus destrezas y Pedro puede volver a decir ¡ay! y a sentirse vivo. Pero lo más conmovedor fue, para mi lectura, ese hiato, atento, inteligente, amoroso, pero hiato. Eso convierte a Levin, a mi modo de ver, en un terapeuta excepcional. Levin es, en ese momento de salto al vacío, un artista.

Como tres pequeños aportes a la reflexión futura, y siempre desde los márgenes, dejo a consideración del autor y de ustedes dos chismes y un poema. Los chismes son bastante prestigiosos, pero chismes al fin. ¿Saben ustedes que hay pueblos en los que el sujeto no dispone de un apellido, como es costumbre en occidente, sino que va construyendo su nombre a medida que vive, agregando, con pequeños sufijos, no sólo a su padre y a su madre (el apellido nuestro), sino también la ciudad en la que nació, los oficios que tuvo, la mujer o mujeres con que se casó, los hijos que a su vez tuvieron, los viajes que hizo, etc. etc., y que de esa manera, el largo nombre de las personas, sólo queda completo cuando se agrega el sufijo correspondiente a su propia muerte? El chisme me lo contó Emilia Ferreiro, que es una persona muy seria y confiable, de manera que si quieren más datos pueden recurrir a ella. ¿Qué diría Lacan de esto? El otro chisme es muy antiguo, y es acerca de Sócrates. Como todos saben, fue condenado a muerte por corromper a la juventud de Atenas con sus famosas preguntas. Mientras esperaba que se cumpliera la sentencia se puso a aprender una canción en la flauta. Los alumnos le preguntaron de qué podía servirle aprender una canción en la flauta dada la contundencia de su destino, y él respondió que le servía para saber tocarla antes de morirse. Ese es un chisme que me contó una amiga, María Adelia Díaz Rönner: ella lo leyó en un texto de Ítalo Calvino, y Calvino a su vez lo había leído en Cioran, Cioran no sé dónde lo habrá leído… Creo que Levin estará de acuerdo con Sócrates en esto.
Y el poema que quería recordar es un clásico pero yo siempre que tengo ocasión lo recuerdo. Se lo suele conocer bajo el nombre de “Triunfo del amor sobre la muerte”:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera.

Más no desotra parte en la rivera,
dexará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido

su cuerpo dexarán, no su cuidado,
serán cenizas, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.

El soneto es del más grande escritor español, a mi gusto, Francisco de Quevedo y fue escrito en los años 15…..

En el suplemento "Cultura" del diario La Nación del domingo 3 de diciembre del 2000, pueden ustedes leer el poema de la poeta argentina Amelia Biagioni, “Episodios de un viaje venidero”, que ella escribió para que fuera publicado luego de su muerte. Está hecho de algún modo en homenaje a éste que les leí de Quevedo y es muy hermoso. Amelia Biagioni narra ahí el destino –imaginado– de sus propias cenizas arrojadas al mar y luego al destino cósmico general del universo. Menos enérgica que el barroco Quevedo, más frágil y flotante, muy de nuestro siglo, Amelia Biagioni, la poeta, acepta disolverse, que sus cenizas abandónicas sean “durmientes de nadie”, pero, se ataja de pronto, “menos una –ojalá– partícula: la que guarde un resplandor del ojo lince”. Creo que esa es la partícula que de algún modo busca Levin. Con lo que tal vez la función del hijo sea ésa, implicarnos en el resplandor mal que nos pese.
 
 
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