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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanalisis
  Los tres pilares de la primera página (Décima entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“Yo solo, como siempre estuve”
Max Eitingon es uno de los misterios de la historia del movimiento psicoanalítico. ¿Por qué Eitingon codirigió el Instituto Psicoanalítico de Berlín si siempre estaba de viaje? ¿Por qué, a partir de 1920, tuvo a su cargo el seminario de técnica de ese Instituto si dos años antes Ferenczi había informado a Freud que era un entusiasta de la hipnosis? ¿Por qué abrió tantos congresos internacionales si era tartamudo? ¿Por qué, a pesar de no haber publicado un solo artículo (apenas unas escasas reseñas de actividades), fue puesto al frente de la editorial Verlag? ¿Por qué presidió dieciocho años, hasta su muerte, la Comisión Didáctica Internacional, fijando los standards a todas las asociaciones, si no tenía suficiente práctica clínica (Jones cuenta que, en febrero de 1932, “Eitingon se encontraba ante una situación, para él novedosa, la de tener que ganarse la vida. Tenía un solo paciente y ninguna perspectiva de que llegaran otros.”)?1 ¿Por qué fue presidente de la IPA siete años consecutivos y perdió el puesto únicamente por razones ajenas a la historia interna del psicoanálisis (el ascenso del nazismo y una trombosis que le paralizó el brazo izquierdo)?

En el año 2000 se levantaron las restricciones que impedían publicar la correspondencia completa de Max Eitingon, de manera que pronto se conocerán respuestas más documentadas. Nos enteraremos, seguramente, de mayores detalles acerca de su importancia como financista y mecenas del psicoanálisis. No en vano lo admitieron en el Comité Secreto de los siete anillos para ocupar el lugar dejado vacante por la muerte del cervecero von Freund, quien —al decir de Freud— había legado al psicoanálisis “el tesoro de los Nibelungos”.2 Desde 1919, la cuenta corriente de Eitingon cubrió desde pequeñas atenciones para satisfacer los caprichos de los Freud en tiempos de guerra (cigarros, canastas de huevos y harina de maíz del mercado negro) o préstamos para que tomasen unas vacaciones hasta las cuentas en rojo de la Verlag o un número considerable de pasajes para congresistas que vivían lejos de la sede de los encuentros. Asimismo, reunió exitosamente fondos de benefactores (su cuñado residente en los Estados Unidos dona u$s 5.000 de esa época, por entonces Freud cobraba u$s 5 la sesión). Además de ser el economista, era el canciller; los habituales viajes turísticos de los Eitingon se convirtieron en misiones diplomáticas para consolidar la internacionalización del freudismo. En el escritorio de Eitingon se firmaban cheques y pactos, pero eso no era todo. Allí también se escribieron numerosos discursos breves hechos para alentar el espíritu de cuerpo en los eventos institucionales y celebrar el brindis de los banquetes. Quizás no llegó a percatarse de que esa producción suya, menor y prácticamente inédita, constituyó la plataforma de una nueva posición enunciativa desde la cual el psicoanálisis por venir escribiría montañas de páginas.

En la mesa y bajo la lámpara de Eitingon, se escribieron los primeros textos encaminados al culto a la personalidad del líder y a la exaltación de los dispositivo institucionales. La reglamentación del didáctico fue producto de la Comisión que él presidía, y fue su astucia personal la que convenció a Freud a posar para el escultor Königsberger. “Nadie lo igualaba en su veneración ilimitada y total dedicación a Freud.”, subraya Sydney Pomer;3 aunque tanta pleitesía llegaba a ser agobiante, así lo sugiere el siguiente comentario de Jones: “Afortunadamente para usted, Eitingon no será el Presidente para la fecha de su cumpleaños. Creo que usted sabe que comparto su actitud tranquila a propósito de las ceremonias.”4 Claro que, una vez convertido en presidente, Jones tampoco pudo deshacer la etiqueta instalada. Cuando propone festejar el 80° cumpleaños de Freud encargando un álbum fotográfico de todos los miembros de la Asociación, recibe una respuesta descorazonadora: “Está comenzando a disgustarme la monstruosidad estética de cuatrocientos retratos de gente sumamente fea de la que desconozco por completo a más de la mitad y de las cuales una buena parte no quiere saber nada de mí.”5 Hacía unos años, Freud había empezado a recordar con nostalgia idealizadora los viejos tiempos del “espléndido aislamiento”.

Sería completamente ajeno a la cuestión de la primera página el discutir si los líderes celebrados por la escritura de estirpe eitingoniana son o no merecedores de idolatría o si los dispositivos que halaga resuelven tan maravillosamente requerimientos organizativos e incluso epistémicos. En más de un caso, la respuesta podría ser afirmativa, pero eso no importa; lo que sí incumbe aquí es el hecho de que hay dos regiones o géneros diferentes de escritura analítica. Sería ficticio continuar hablando acerca de cómo se escribe la autoridad en las primeras hojas del psicoanálisis sin tomar en cuenta la marca de agua de Eitingon que se trasluce en el papel de la mitad de los títulos actuales.
El nacimiento del freudismo puso en marcha una enorme empresa colectiva; en las sombras proyectadas desde los nuevos divanes y escritorios se redoblaban los movimientos de Freud, extendiendo la aventura analítica a otras aplicaciones y geografías. En la medida en que esa multiplicación no estaba simplemente hecha de las sombras chinescas de un solo hombre, algo nuevo se agregó: el psicoanálisis también se estableció como comunidad. Buscándose y repeliéndose, acercándose y alejándose de Freud, reclamando y condenando instancias donde formarse, ser supervisados y publicar, los cuerpos y las palabras de los nuevos analistas adquirieron vida pública. A los consultorios y escritorios se sumó un tercer escenario, el institucional, con dilemas y necesidades discursivas específicas. Confundir lo que sucede en análisis con lo que sucede en una institución es tan inapropiado como confundir las mesas de la investigación con las de la gestión y el brindis. Las primeras páginas de los textos del primer tipo no son ni pueden ser iguales a las del segundo; reclaman oficios tan diferentes que aunque, hipotéticamente, los pueden llegar a dominar y ejercer alternativamente un mismo sujeto, es raro que aparezca. Son orientaciones pulsionales distintas. Los analistas más movidos a la investigación son demasiado amantes de la coherencia y la verdad como para levantar castillos de mitología colectiva. Los analistas decididos a preservar, por encima de todo, los lazos sociales están generalmente demasiado advertidos contra los sacudones de la sinceridad y la escasa movilidad social de las inteligencias.

¿Son tan divergentes e incompatible los textos que se orientan a la verdad con respecto a los que se orientan a la identificación imaginaria? Sí. Para distinguir entre unos y otros basta con dar un golpe de vista a sus políticas de la cita: una bibliografía intelectualmente pertinente (la que reúne a los autores que se ocuparon con mayor rigor del tema) nunca será una bibliografía políticamente correcta (la que obedece el principio según el cual para el analista de una escuela o grupo interno no puede haber nada más que otros analistas de la misma escuela o grupo interno). Todo lo cual no impide que una ligera hibridez y grisado sean lo habitual. Así es que los escritos eitingonianos acostumbran incluir alguna viñeta clínica o hipótesis teórica; pero invariablemente para ser entonadas con el énfasis del creyente antes que con las razones del argumento, y que además nunca resultarán novedosas sino oportunistas. Son textos que ni buscan ni encuentran: votan.

Por su parte, los textos de investigación pueden incluir señas del juego de la pertenencia grupal, pero no son más que guiños efímeros e insuficientemente marcados. Un ejemplo de esto último se encuentra en la mencionada reflexión de Norberto Ferreyra acerca de los epígrafes,6 en el preciso momento en que elige una línea de Sócrates del Timeo de Platón: “Uno, dos tres ¿dónde está el cuarto?”. ¿A qué viene el demorarse en esa línea hallada en un epígrafe de un libro de Kojève? Viene principalmente para agitar una contraseña celebrativa que sugiere a Sócrates como precursor de ciertas líneas muy pensadas de Lacan. Un analista completamente ignorante de la obra de Lacan —si acaso tal cosa fuera todavía posible—, no registraría esta alusión endogámica. Incluso podría correr el peligro de leer ese desasimiento aparente de la exposición con alguna referencias analítica equivocada, confundiendo, llegado el caso, el “uno, dos, tres ¿dónde está el cuarto?” del Sócrates lacaniano con un monólogo interior del “Hombre de los Lobos” mirando su taza de noche —imaginándose a Serguei presa del pánico por mofarse de los intestinos de la Santísima Trinidad. Previéndolo, Ferreyra tiene la amabilidad de explicar su chiste de capilla: “Esta pregunta por el cuarto es la que Lacan le hace a Freud al leer sus textos”. Es la explicación que nunca daría un texto eitingoniano, porque la actitud de mostrar las cartas y hacer públicas las contraseñas marcha a contramano de la preservación de los pequeños beneficios narcisistas del pertenecer. Naturalmente los títulos de las investigaciones y de las agitaciones se mezclan en el índice de las revistas institucionales, y no es raro (ni injusto) que las investigaciones ocupen los espacios menos llamativos de la compaginación y que se les niegue los favores de los titulares; pero únicamente un principiante confunde la autoridad de gestión con la autoridad epistémica.7

La silla mullida de respaldo rígido del escritorio de Eitingon corresponde, entonces, solamente a una de las dos posiciones de escritura del psicoanálisis. Hay algo, sin embargo, que Eitingon sabía y que vale para ambas: que la escritura de Freud es irrepetible. Hasta aquí, estas entregas de Pequeños oficios se detuvieron frecuentemente en las soluciones que Freud encontró para las primeras páginas y en la importancia que él le daba a su cálculo, con el propósito de mostrar cómo ciertos dilemas cruciales de nuestros escritorios de analista se originaron apenas el psicoanálisis comenzó a hablar de sí mismo. Ahora bien, el ejemplo de Freud, con toda su ejemplaridad, no es completamente asimilable —ni siquiera para los inclinados exclusivamente a la investigación. Freud es el primero de la serie de los analistas, y eso le otorga un valor paradigmático imborrable (somos sombras de sus movimientos); pero es, además, el fundador de la serie, y eso lo convierte en único, en excepción. Los textos de Freud comprenden gestos inaugurales irreproducibles, al menos que uno aspire a la parodia o busque volverse cómico. De allí viene que, para los que estamos incluidos en del campo discursivo que él estableció, no siempre resulte acertado escribir calcando los planos de sus textos. Las posiciones afectan los estilos: la palabra pública del seguidor no puede ser idéntica a la del fundador, tal como la fábula borgiana de “Pierre Menard, autor de El Quijote” lo demuestra por la vía del absurdo. Vale decir, Eitingon supo prever la consecuencia práctica de la observación de Foucault acerca de que en los textos fundacionales hay un “algo más” irrepetible (la Interpretación de los sueños es algo más que un libro, etc.). Un algo más que no consiste en un no-sé-qué indecible e invisible, cuya evidencia sólo se mediría en los efectos que trae, en las carambolas futuras del aprés-coup; sino un algo más que se sube al mundo dejando huellas de tinta. Las primeras obras de Freud son, al respecto, incluso demasiado elocuentes: se dejan reconocer fácil los párrafos por los que ellos consiguen ser y anuncian que son otra cosa. Ahora bien, que las escrituras de las fundaciones tengan y ostenten el plus señalado por Foucault, no implica que las escrituras de los seguidores consistan únicamente en la falta de ese algo más. ¿Qué pasa cuando un artículo o un libro de psicoanálisis no es otra cosa que un artículo o un libro de psicoanálisis? Cuando no es Freud sino un freudiano el que escribe, ¿qué aparece de nuevo? En parte, lo acabamos de responder: aparecen dos regiones discursivas que guardan con la verdad y la identidad posiciones contrastantes.

Quizás todas estas consideraciones resulten abstractas y tediosas, sin embargo, llevan al núcleo más dramático de la escritura de toda primera página freudiana. Al machacar sobre la obviedad de que escribimos incluidos en una serie, y de que esa inclusión queda anotada, gana relieve la disyuntiva de con qué pie daremos el primer paso de la autoridad. Porque, en la puesta en marcha del texto, se debe alcanzar un fino equilibrio entre dos ademanes opuestos: el ademán solitario, con el que me vanaglorio de ser dueño de cierta diferencia preeminente (le prometo al público que no se arrepentirá de leerme o escucharme a mí antes que a otro), y el ademán solidario, con el que juro no creerme más allá de nada ni de nadie, y no ser sino un analista aplicado, anhelante de participar en el gran designio común. Por desidia, inhibición o ignorancia, hay quienes no esperan alcanzar que el braceo de su marcha parezca natural. Entonces, el drama de los primeros pasitos se impone desplazando lo que se esperaba decir, y el texto cae hacia la altanería de afirmar una superioridad de la que no alcanza a dar pruebas, o hacia la pura reverencia al lugar común. Se hamaca entre el horror de no distinguirse y el horror de no formar parte.

No todos se acomodan fácilmente en las dos piezas de este doble orden del autor-seguidor. Hay funcionarios que se extrañan de no encontrar sus arengas de primera plana incluidas en las bibliografías de los investigadores y lo atribuyen a ramalazos de la transferencia. Y hay investigadores que se vuelven ariscos a admitir su lugar entre pares; aunque raramente haya algo que los justifique, suelen intentar recuperar para sí un poco de la estatua solitaria de la excepción. Unas veces anunciándose como los únicos seguidores auténticos de Freud; otras, como los últimos ejemplares de la serie de los analistas. El libro que François Perrier escribió poco antes de morir, Viajes extraordinarios por Translacania lo ilustra con malicia. Perrier se dibuja a sí mismo como el único náufrago lúcido de un psicoanálisis que habría estallado por implosión en 1981, y dibuja a Lacan como el que quiso erigirse único lector genuino de Freud, provocando esa hecatombe del '81 al desaparecer. Para hacer ese autorretrato, Viajes extraordinarios levanta el pilar de la autoridad de su primera página con la fábula de que todo tiempo pasado fue mejor, tan transitada por seguidores maduros o tempranamente envejecidos. Siguiendo las reglas de esa mala costumbre, Perrier afirma que la Edad de Oro analítica ya pasó y que su apogeo ocurrió en los años en que (¡casualmente!) él era un joven curioso y potente. Su asalto a Lacan es, comparativamente, mucho más ingenioso. Lo retrata en un momento de máximo malestar, en el que tiene que desistir, por un día, su lugar discursivo del máximo investigador; se volvía imprescindible que lo hiciera para poder subirse a un palco y augurar las delicias de un nuevo empren-dimiento grupal:

“Por medio de un procedimiento bastante extraño, Lacan fundó la Escuela Freudiana en mi departamento. El día anterior, después de presentar los estatutos y seguro de la legalidad de la fundación, me había enviado el texto dactilografiado. Al día siguiente, por la noche, lo grabó en mi equipo de grabación ante los seniors. Algunos días después, me pidió no sólo que alquilara ciento cincuenta sillas en Catillon, sino también que leyera el acta en la asamblea. Como no me consideraba el doble de nadie, me negué. En efecto, el acta decía: ‘Yo solo, como siempre estuve, fundo la Escuela Freudiana de París’ (...) Aquel día no me sentía cómodo para estar solo ante ciento cincuenta compañeros haciendo esa imitación vocal. Entonces, tomé el equipo de grabación, con cuatro pistas y seis tonalidades. (...) La noche de la reunión, Lacan me previno que no vendría. Entonces enchufé el equipo para que escucharan la voz de él y no la mía. Con anterioridad, hablé brevemente a la asamblea y les pedí que supieran disculpar la calidad de la grabación. Luego, hice funcionar el aparato. Rebobiné y apreté la tecla roja. El borborismo espantoso que salió entonces de los altoparlantes era una caricatura de la Voz del maestro. Yo mantenía la cabeza gacha. Me acusaron de haber querido sabotear la reunión. Felizmente, después de llamar por teléfono, Lacan se dignó a aparecer alrededor de las diez de la noche. Le conté todo y lo dejé que se las arreglara. Acusó el golpe pero no me hizo ningún reproche.”8
Para concluir me ocuparé solamente de las formas en que las investigaciones pueden resolver lo que venimos llamando el tercer pilar. La elección obedece a razones de extensión y afinidad. Como se verá las investigaciones no disfrutan de incontables maneras de imponer su autoridad en la primera página. Solamente cuatro son confiables o, mejor dicho, tres más una.
Próxima entrega: Imago-Agenda n°50 (junio de 2001)

* banos@inea.com.ar
1. Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud, Paidós, Buenos Aires, 1976, v.3, p.183-84.
2. Grosskurth, Phyllis, The Secret Ring: Freud’s Inner Circle and the Politics of Psychoanalysis, Addison-Wesley, 1991, p. 87.
3. Pomer, Sydney L., “Max Eitingon (1881-1943)”, incluido en Grotjahn y otros, Historia del psicoanálisis, v.1, Paidós, Buenos Aires, 1968; pp. 82-99.
4. Carta de Jones del 13 de julio de 1935, op. cit., p. 746.
5. Carta de Freud a Jones 21 de julio de 19 35, incluida en Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud, t.3, p. 220.
6. Cf. Ferreyra, Norberto, Trauma, duelo y tiempo: Una función atea de la creencia, cit. en la “Octava entrega” de este anticipo en rev. Imago-Agenda n°47, marzo 2001, p. 43.
7. Desarrollé extensamente esta división en tres artículos: “Mono-grafías, trabajitos e investigaciones”, en El Caldero de la Escuela, n°50, marzo-abril 1997, Buenos Aires, pp. 8-11; “De la investigación, la sumisión y la autoridad”, en rev. Perspectivas n°21, septiembre 1997, La Plata, pp. 9-14; y “La investigación en las instituciones”, en Revista del Centro de Salud Mental n°3 Dr. Arturo Ameghino, año 2, n°5, agosto 1998, Buenos Aires, pp. 5-6.
8. Perrier François [1985], Viajes extraordinarios por Translacania, Gedisa, Buenos Aires, 1986, pp. 52.
 
 
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