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El superyó, un obstáculo en la cura*
  Por Norberto Rabinovich
   
 
La incidencia del superyó en el tratamiento analítico, al decir de un Freud ya muy curtido por los sinsabores de su experiencia, representa el mayor obstáculo al logro de los objetivos terapéuticos. Leemos en Inhibición Síntoma y Angustia que la culpa y la necesidad de castigo, dos de las principales consecuencias de la demanda superyoica desafían todo movimiento hacia el éxito y por lo tanto toda curación por medio del análisis. Freud advirtió que algo en el analizante resiste para quedar liberado del padecimiento y se esfuerza por permanecer castigado en la celda de la neurosis como si necesitara seguir pagando indefinidamente sus culpas. Hay en esto, entendió Freud, una razón de estructura, un obstáculo interno a la relación del sujeto con el cumplimiento de sus deseos. En una reflexión sobre este fenómeno, Freud escribió a su amigo Romain Rolland lo siguiente: Parecería que lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido (“Un trastorno de la memoria en Acrópolis”). El “padre” en cuestión, es el superyó.

El superyó, heredero del padre
En el modelo freudiano, el superyó es el heredero del padre edípico aquel que tuvo a su cargo erigir una barrera a la satisfacción de las tempranas pulsiones incestuosas del niño. Pero el superyó no es el padre, es una instancia del sujeto.
La estructura de la neurosis se sostiene como tal en la medida en que el sujeto se somete a los deseos del Otro como mandamientos externos, imponiéndose renuncias y sacrificios. En este sentido, toda neurosis es neurosis de transferencia pues la transferencia es constitutiva de su estructura. Esto vale particularmente para la que se desarrolla en el análisis. No hay análisis, en un sentido estricto, que no contemple en su horizonte y por lo tanto en todo su desarrollo, la resolución de la neurosis de transferencia como meta de su eficacia.

El mito de Tótem y Tabú, donde Freud aborda la génesis del superyó, explica que los hijos se someten retrospectivamente a las privaciones que antes imponía el padre –ya muerto– con la ilusión de conservarlo vivo. ¿Con qué beneficio? Porque el tirano cumplía a su vez la función de preservar a sus hijos del “desamparo”. En el texto de Freud, este término es Hilflosigkeit al que considera como el modelo original del trauma. En su doctrina, el desamparo es lo temido detrás de toda manifestación de la angustia de castración.

La articulación mayor que el mito freudiano pone de relieve en relación con la función del superyó es que la fórmula universal “Padre, hágase tu voluntad” tiene como contracara “así nosotros estaremos protegidos de la castración”. En otros términos, el superyó constituye un poderoso refugio narcisista del yo.
Por hacer peligrar la estructura narcisista, las pulsiones son reprimidas y perduran en el inconciente despertando angustia cada vez que se aproximan al objeto de satisfacción.
Los dos polos del conflicto quedan repartidos entre las exigencias del ser del sujeto que asignamos con Lacan al campo del goce fálico ( J(ø ) y, por el otro, la pulsación de lo reprimido inconciente por realizar el Otro goce (J(A/), goce necesariamente traumá-tico ya que se produce más allá del amparo del padre. El goce prohibido, el goce al que “dice no” el supremo, es el Otro goce, el que no conviene al narcisismo.

El superyó ordena gozar
Lacan sólo utilizó el termino superyó durante la primera época de su enseñanza, aproximadamente hasta fines de la década del 60. Luego, casi no volvió a mencionarlo. Gran parte del papel que Freud asignó al superyó fue retomado por Lacan a título del gran Otro y dio su paso más importante en este sentido, cuando introdujo la noción de Sujeto Supuesto Saber.
Después de un largo impasse, Lacan volvió a referirse al superyó en la primera clase del Seminario Aún: Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo de goce: ¡Goza!
El superyó, presentado inicialmente como una barrera al goce ahora es el encargado de ordenar el goce. ¿Se trata de un viraje en la comprensión del tema? De ninguna manera, sólo que para dilucidar la aparente contradicción resulta necesario tener presente la dialéctica de los distintos campos del goce que antes mencionamos.

Para aclarar este punto nos referimos inicialmente a lo que Freud denominó «masoquismo moral». Designó de ese modo el goce que obtiene el yo por ser tomado como objeto de las crueldades del superyó.
En el verdadero masoquismo, el masoquismo perverso, el primer elemento que se destaca es que quien organiza las reglas a seguir es la supuesta víctima y el juego está armado en beneficio de su propio goce. Quién desempeña el papel de amo es una pieza del montaje del sujeto masoquista. Lo instala en esa posición porque quiere creer que es el Otro el que goza. Cree que el Otro goza en la medida que el sujeto, hecho objeto, lo completa reintegrándole lo que le falta. Al entregarse a sus manipulaciones, el masoquista debe asemejarse lo más posible a un residuo, una cosa, ser él mismo el representante de la cosa de goce perdida (objeto a). El masoquista trabaja para darle consistencia al goce del Otro (J(A)) y por su intermedio, obtiene un goce fálico profundamente comprometido en la renegación de la castración. El victimario, al atormentar a la víctima, finalmente le ordena el goce al masoquista.

De manera análoga, el yo, identificado al objeto perdido, se ofrece al maltrato del superyó para, a ese objeto, reintegrárselo. Lacan explicó que en el nivel del superyó el objeto tapón es esa variedad de objeto a: la voz. La voz de la conciencia moral, la voz del superyó es ante todo eso, una voz. Caída del discurso del Otro, la voz se instituye como objeto perdido. Una vez restituida al Otro, para restaurar su completud, vocifera el goce. Al mismo tiempo perdura bajo custodia, censurado, reprimido, el Otro goce (J(A/). Goce ante el cual retrocede el neurótico en sus actos, lo cual incrementa la necesidad del sujeto por satisfacerlo vía pulsional y sintomática.
La dominancia del goce fálico va de la mano con la renuncia al Otro goce. Esta correlación también funciona al revés: de avanzar en la realización subjetiva del Otro goce se promueve un estrechamiento del campo del goce fálico. El análisis progresa en esta última vía.

Desde hace unos años circula en nuestro medio una especie de principio clínico mayor: «el analista debe acotar el goce». Esto tiene consecuencias paradojales pues al imponer barreras al goce –en el mejor de los casos al goce masoquista, al goce fantasmático–, el analista no puede evitar adoptar la posición del que juzga, censura y ordena el goce. De esta forma, termina alimentando el desarrollo de un fantasma masoquista en la transferencia. Es habitual escuchar de dóciles analizantes el comentario: “hoy mi analista me dio con un caño”. Consideran que todo anda bien porque el analista, que sabe lo que es bueno para él, lo tiene cortito. De la castración en el Otro, mejor ni hablemos.

El temor a la pérdida del superyó
...la situación a la que el yo reacciona (con angustia), es a la de ser abandonado por el superyó protector –por los poderes del destino– con lo que terminaría la seguridad contra todos los peligros que lo rodean.
S. Freud. Inhibición, síntoma y angustia.

De todas las formas típicas de la angustia descriptas por Freud, la que finalmente alcanzó mayor relevancia en su obra es el temor a la perdida del superyó. La verdad de la angustia no se pone en evidencia ante el temor al castigo del superyó, sino, más allá, ante la posibilidad de quedarse sin el déspota. La presentificación de un vacío en el lugar del Otro revela el término último de la angustia de castración. La angustia “ante la pérdida del superyó” descripta por Freud, es traducida por Lacan como angustia ante “la castración en el Otro”. Constituye la roca viva de todo análisis. Es hacia esta encrucijada final que conducen los análisis y es también el escollo ante el cual se detienen la mayoría de ellos.

¿El análisis puede “eliminar” el superyó?
Freud sostuvo que lo único que puede obtener la cura analítica es atemperar la severidad y crueldad de los mandatos superyoicos, lo cual permite ampliar la capacidad de goce del sujeto, pero no concibió que del supremo, el analizante pudiera llegar a prescindir.
Lacan, en cambio, apostó más fuerte. Afirmó que el análisis, de tener éxito, conduce al vaciamiento del lugar del SSS, lo cual significa erradicar el superyó. Este paso final que implica la resolución de la transferencia, constituye la efectuación de un análisis. La hipótesis de Lacan es que el Dios-Padre muere, si el análisis llega a su fin demostrando así que el sujeto puede prescindir de tal instancia garante.
La “desuposición” de la instancia superyoica ¿significa que todo le esta permitido al sujeto, incluyendo incesto y parricidio? Nada de eso. El análisis enseña que cuando alguien atraviesa esa barrera se despoja solamente de los impedimentos imaginarios que lo desvían o frenan en el camino de su deseo. Pero al mismo tiempo se queda sin la ilusión de garantías ante la realización de su acto. La conquista de esta posición, es lo que Lacan denominó asunción subjetiva de la castración... más allá de la roca viva.

El manejo de la transferencia y la interpretación del inconciente
De estas consideraciones teóricas se deducen algunas consecuencias técnicas de importancia en la dirección de la cura:

a) El primer paso en todo análisis consiste en propiciar el establecimiento de ese engaño que es la transferencia. A partir del momento en que el analista es tomado como lugarteniente del SSS, el analizante le demanda que sostenga esa función de garantía, que sea amo y maestro. Entonces, progresivamente el analista debe ir negándose a responder desde ahí, no dando satisfacción a la demanda.
¿Cómo? En mi práctica evito emitir juicios de valor sobre los actos del sujeto, esquivo responder con aseveraciones sabias y oraculares, rehuyo hacer intervenciones demasiado comprensivas, esquivo mostrarme como detentor de certezas, ahorro imponer directivas inflexibles.

No exijo al analizante ni que renuncie al goce masoquista ni que actúe según su deseo. Callo, en la medida de lo posible, mi voz de mando, mis palabras sabias. En el límite, intento que a la demanda transferencial mi respuesta sea el silencio. Este silencio al que me refiero no es un silencio absoluto, puede venir acompañado ocasionalmente de mucha charla vanal de mi parte. Ese silencio se especifica solamente como no-respuesta a la demanda transferencial.
Este es mi modo de traducir la indicación lacaniana que el analista debe hacer semblant de a.
El objetivo inmediato de este manejo de la relación transferencial es que el analizante, no esperando tanto mi confirmación o descalificación, vaya arriesgando cada vez más su palabra. El objetivo a largo plazo es hacer presente al analizante ese agujero en el campo del Otro que, si todo anda bien, se le revelará al final.
En cambio, si con mi respuesta alimento la consistencia del SSS, favorezco que el analizante se instale en una posición narcisista de dependencia. No es difícil encontrar analizantes que ante cualquier decisión se excusan diciendo “primero tengo que consultar a mi analista”.

La instrumentación de este registro de la relación analítica requiere de una buena dosis de sutileza. La posición del analista como semblant de a quiere decir que el analista debe abstenerse a responder desde el lugar de maître. Pero este es un principio general de su accionar y no una regla rígida aplicable en todo momento y circunstancia.
Si el analista no dosifica en el tiempo esta posición y ofrece brutalmente el vacío de respuesta, puede sucederle lo que pasó con Guille y su papá. Cierto día, subido en brazos de su padre, Guille le pidió que le alcance la luna. Incómodo ante esta demanda, el padre le explicó que estaba demasiado lejos y le resultaba imposible complacerlo. Ante lo cual, sin mediar explicaciones de su parte, Guille respondió: “Zeñod, puede bajadme.” No podemos dejar de suponer que después del incidente, Guille siguió manteniendo la ilusión que algún otro Señor, un poco más poderoso que el papá, podría satisfacer su demanda. Es importante evitar una decepción precipitada.
El alcance de la posición del analista como semblant de a tiene sus propios límites. No resuelve la sujeción del analizante al SSS sino que, por decirlo así, abona el terreno donde deberá crecer la verdad, que a ese SSS, lo desaloje de raíz.

b) Más allá de la demanda, el deseo inconciente interviene cifrando su verdad, ahora también dirigida al analista. Este proceso se inicia cuando un rasgo, un detalle cualquiera de la persona del analista, se convierte en transportador de los significantes del inconciente del sujeto. Estos fenómenos fueron descubiertos por Freud desde el inicio de su práctica y los denominó “transferencias”. Lacan no se quedó con esta denominación sino que reservó el término transferencia al fenómeno imaginario articulado al SSS, en tanto que lo designado por Freud “transferencias” fueron tratados por Lacan como “fenómenos de repetición” en el campo de la transferencia. Estos no constituyen resistencia alguna al análisis sino que representan su fuerza impulsora.
Por efecto de la palabra sintomática, que equivocada o enigmática desafía al saber (Freud incluyó este fenómeno dentro de las manifestaciones de la transferencia negativa), el analista queda ubicado en el lugar del Otro barrado. La respuesta interpretativa (S(A/) deberá redoblar esa estructura “mediodiciendo” la verdad con el equívoco.

En otros términos, cuando con mi decir pretendo alcanzar algo de la verdad reprimida, no lo hago a la manera de un erudito sino que caigo en la equivocación. Hago mi “interprequivocación” que tiene más de poesía que de sabiduría. El equívoco significante, explicó Lacan, es el único medio que disponemos en un análisis de alcanzar lo real por medio de lo simbólico, es decir, de interpretar el goce del inconciente (goce de la verdad).
En cierta forma la interpretación es un autogolpe al SSS. Si por el contrario aporta sentidos a lo enigmático del síntoma, el SSS se consolida.

En relación con otros modos de intervención del analista que no responden a la lógica de la interpretación, es preciso ser cauto. Desde siempre han formado parte del bagaje de recursos que desempeñan su papel en la cura. Intervenciones que inicialmente ayudan a consolidar el lazo transferencial como también a evitar la ruptura del contrato, señalamientos, esclarecimientos, etc. La inventiva del analista debe ser mayor cuanto más deficiencias presenta el anudamiento de la estructura del paciente. Pero deberíamos considerar con atención el hecho de que en distintos ámbitos del movimiento lacaniano cada vez se les presta mayor atención a modos de intervención del analista ajenos a la interpretación, o sea extraños a la estructura lógica del inconciente. A mi juicio, para evaluar correctamente el alcance de dichas intervenciones en su conjunto, es preciso preguntarse si el resorte eficaz del acto analítico está articulado en ellas. No me refiero a la eficacia en general o particularmente la eficacia sugestiva, que nadie ignora que es poderosa, sino a la eficacia que está en condiciones de alcanzar el psicoanálisis para el cual el éxito terapéutico es consecuencia de una permutación de orden ético. ¿Cuál? Aquella que en virtud de la interpretación del inconciente posibilita que la transferencia sea estructuralmente cuestionada. Este es el valor insustituible de la interpretación analítica: afecta la consistencia del SSS y con ello el orden moral que rige la relación del sujeto al deseo. Si Freud no hubiera renunciado al poder sugestivo emanado de la transferencia para curar a sus pacientes, el psicoanálisis no habría nacido. Finalmente, Lacan, el gran innovador del psicoanálisis, nunca propuso una herramienta mejor que superara a la interpretación. En uno de sus últimos seminarios dijo: No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación. Es por eso que yo no llego más lejos, en mi técnica, a lo que ella sostiene (Seminario 24 Clase del 17/5/77).

Hay una implicación profunda entre el acto analítico y sus consecuencias en la destitución transferencial, la cual despierta –tal como lo sostuvo Lacan– las más grandes resistencias en los psicoanalistas mismos. En el Seminario del Acto Analítico dijo: “el acto psicoanalítico es a lo que el psicoanalista parece oponer su más furioso desconocimiento” en la medida que dicho acto “es algo ligado esencialmente al funcionamiento de la transferencia”.
Cuando, en actividades relacionadas con la enseñanza del psicoanálisis, planteo estas cuestiones a psicoanalistas en formación advierto que les provoca cierto fastidio. No podría ser de otra manera, puesto que un analista en formación está tomado por la transferencia en su análisis personal, de control, por la transferencia con sus maestros, con la institución, etc. Es como ir a una iglesia a explicar a los feligreses que Dios no existe. Mientras el practicante no haya terminado su propio análisis, el SSS funcionando como instancia de garantía, desempeña su papel, incluyendo particularmente todo lo relativo a los análisis que conduce el practicante.

Muchos analistas consideran que es preferible no mover el avispero en esta cuestión. No me parece la mejor política cuando lo que está en juego es la relación del practicante del psicoanálisis con los principios de su práctica. De todas formas, se presenta como una gran dificultad, tal vez ineliminable. La formación teórica del analista conlleva necesariamente cierta tensión entre lo que sostiene el discurso analítico y la transferencia que le hace de puente a ese saber.
Lacan dio cuenta en innumerables oportunidades de la compleja y conflictiva relación que mantenía con aquellos a quienes dirigía su enseñanza y no se privó tampoco de denunciar aquello que en las instituciones psicoanalíticas contribuye a mantener el ocultamiento de este dilema: “toda la ordenación psicoanalítica está precisamente construida para enmascarar esa cuestión sobre la función a revisar del SSS”.
Por el contrario, en la cura analítica la transferencia, que no deja de constituir una resistencia, es interrrogada y cuestionada como parte central de su método. Lo que un analista debe integrar de su análisis personal a los fines de su práctica, es lo que resulta de revelar el secreto que encierra la función del SSS. Al decir de Lacan, citando nuevamente el Seminario del Acto Psicoanalítico, su ventaja (la del analista), la única que tiene sobre el sujeto psicoanalizante, es saber por experiencia lo que pasa con el SSS.
Y lo que sucede es que el analista finalmente es desalojado de su posición de interpretante que le confiere estar en el lugar de garante de la verdad y deviene resto o residuo de la realización del análisis.

c) En el tramo final, el analizante abandona ese objeto ya caduco (la voz y la mirada) al que queda reducido el SSS. Es un desprendimiento que experimenta como un largo, a veces muy prolongado duelo. Su pérdida deja finalmente al descubierto el irremediable vacío en el lugar del Otro. Aunque el SSS no existió nunca, el neurótico experimentó desde la temprana infancia su presencia intangible y constante. Una presencia mental, que le hizo sentirse mirado, amado, ordenado por alguien de quien espera reconocimiento y protección. Quedar advertido de su inexistencia por medio del análisis promueve un profundo sentimiento de soledad, que no es desolación sino soledad conquistada. Quien arriba a esta posición, ya no está fácilmente dispuesto a que algún lugarteniente ocupe su puesto. Una vez atravesada la barrera de la angustia, el duelo final no presenta los signos de la desesperación sino de un dolor sereno y esperanzado desapego. Quedarse sin Dios modifica no solamente la relación del sujeto a su deseo, también altera la relación con sus pares. Según una expresión de Lacan, el sujeto se instala en un lugar de “atopía” social. El amor sublimado gana el terreno sobre la pasión narcisista.

Estos son algunos de los rasgos que caracterizan al sujeto que pasó por la experiencia de ver desconsistir el superyó
 
 
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