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   Entrevista

Marcos Aguinis
  Escritura y psicoanálisis
   
  Por Mariam Alizade
   
 
Mariam Alizade: Flaubert escribió ¨No hay bellos pensamientos sin bellas formas¨. ¿Puede aplicarse esta idea a un escrito psicoanalítico que intente ser científico?
Marcos Aguinis:
—No digamos “un” escrito psicoanalítico. Si Freud no hubiese sido un literato de primer orden y un extraordinario poeta en prosa, muy diferente habría sido el destino de la disciplina que creó. Cada uno de sus historiales clínicos posee la tensión, el suspenso y la elección de palabras que envidiaría cualquier novelista. Sabe cómo empezar, desarrollar y concluir. Es preciso y cautivante a la vez. No hay página de Freud que no sea bella. Incluso sus tratados más complejos poseen la cuota de gracia que caracteriza su estilo, estilo siempre brillante, desde la correspondencia juvenil hasta sus obras de la ancianidad. Quienes pretenden ser sus discípulos cometen alta traición cuando nos adormecen con textos indigeribles.

El término indigerible que utilizas alude a una palabra casi visceral. ¿Cuando te refieres a indigerible te refieres al discurso obsesivo repetitivo monótono o al discurso hermético que se erige con cierta omnipotencia?
—Me refiero a la segunda acepción: discurso hermético que se erige con cierta omnipotencia. Es lamentable cuánto proliferó.

La poesía y la literatura en estado de poesía son caminos directos a la transmisión inconsciente. Vehiculizan lo que está más allá de la palabra, el discurso inaudible. ¿Qué efecto tiene sobre la producción de conocimiento el escrito psicoanalítico cuando adquiere dimensión literaria?
—La dimensión literaria del escrito psicoanalítico ayuda a perforar las resistencias. Los textos que cautivan consiguen mayor profundidad. Es cierto, por otra parte, que pueden confundir al vender como cierta una información falsa. Pero eso ocurre hasta en los textos de las ciencias duras.

¿Cómo incide la capacidad poética del analista en su trabajo?
—El trabajo psicoanalítico consiste en trabajar con y en medio de las palabras. Igual que la poesía, sus experiencias, emociones e incluso resonancias, parten de las palabras y lo que se haga con su asociación, deformación, retención, invención, entonación y ritmo. Lo mismo que en la poesía. Hay personas insensibles a determinados textos poéticos: no los entienden, no se conmueven, no escuchan siquiera. A ciertos analistas suele ocurrirles lo mismo.

¿Diferenciarías capacidad poética y capacidad literaria?
—Tiempo atrás existían fronteras herméticas. Pero respondían al afán de tranquilizarse con clasificaciones. De la misma forma se separaban los campos de la salud y la enfermedad, que parecían inconfundibles. O lo uno o lo otro. Ahora sabemos que casi todas las fronteras entraron en crisis. Hay escritores que no tienen capacidad (o entrenamiento) para la versificación, pero que despliegan una prosa de oro; les decimos poetas en prosa. También ahora se aceptan poemas en prosa. Y, siglos atrás, había tratados médicos en verso. En conclusión, no me veo en condiciones de establecer diferencias entre capacidad poética y capacidad literaria.

¿Incide tu capacidad literaria en tu trabajo analítico?
—Sí. El psicoanálisis ha enriquecido mi visión del mundo. Creo, sin embargo, que influye más en mis ensayos que en mis libros de ficción. Tal vez en estos últimos me ayuda a comprender mejor ciertas situaciones. En ciertos momentos, cuando uno recibe un anecdotario tan rico y, a veces, desopilante, me vienen ganas de utilizarlo para la construcción de historias. Pero llegado el momento, no suelen funcionar, sino en raros casos. Lo que pasa es que el escritor siempre se inspira con más fuerza en los hechos conectados a sus propias fobias o tendencias. En otras palabras, el psicoanálisis me ayudó a saber más, entender mejor, sensibilizarme en áreas que no focalizaba.

¿Cuáles son a tu entender las raíces profundas del goce de escribir?
Es una pregunta muy difícil. Tiene varias respuestas, creo. Solía decirse que las raíces están relacionadas a la catarsis. Necesitamos descargar tensiones; los escritores y los artistas consiguen dicho beneficio mediante la creación. Pero también es el deseo de compartir experiencias, angustias y esperanzas; unirse a los otros mediante la fuerte soga del arte. Otra razón estribaría en el parricidio: toda escritura pretende matar algo para que nazca otra cosa. No menos importante es sentir que la herramienta funciona, que uno es hábil, virtuoso y, eso “masajea” el narcisismo trófico. Deben existir otras razones más, que no se me ocurren en este momento.
¿Cuál es a tu entender el efecto princeps originado en la intención simbolizante de un escrito? ¿Pacifica, organiza, facilita la elaboración psíquica, satisface el narcisismo?
Algo dije recién. A mi juicio, la intención simbolizante de un escrito vuela de un sitio a otro del aparato psíquico, igual que un moscardón. Pacifica y enardece, facilita y complica, satisface y frustra. Depende de cada sujeto, de cada ocasión y de cada asunto. Si uno revisa los manuscritos de Balzac y las partituras de Beethoven, no encontrará praderas floridas, sino guerra. Eran autores en lucha desesperada con lo que intentaban expresar. Por cierto que al fin de las batallas debían sentirse tranquilizados. Aunque no se sabe. Siempre vale la pena recordar una afirmación de Alfonso Reyes: “Los escritores publicamos para dejar de corregir”.

Una vez te escuché señalar en relación con la frase “Dios creó al mundo a su imagen y semejanza” que aquello en lo cual el hombre se asemejaba a Dios era en su capacidad de crear. Freud nos enseñó por otra parte que la sublimación, ese mágico camino pulsional, estaba reservada a pocas personas pues se trata de un mecanismo “especial”. ¿Cómo podríamos vincular el don creativo universal con la carencia de dotes sublimatorias?
Me parece que ahí Freud no nos dejó un estudio suficientemente completo del asunto. Su trabajo metapsicológico sobre la sublimación no fue escrito o fue destruido antes de que lo terminara. El asunto lo desbordaba. No obstante, supongo que podríamos zanjar la cuestión si reconocemos diversos niveles en materia de sublimación. Los genios despiertan asombro porque los desborda un poder excepcional, pero no son los únicos que subliman. De hecho la humanidad entera sublima desde el instante en que pegó el salto sin retorno del estado de naturaleza al estado de cultura. Cualquier ser humano, desde la prohibición del incesto en adelante, está condenado a sublimar. Por cierto que no es lo mismo la sublimación de un Leonardo a la de un pobre tipo cualquiera, pero este pobre tipo –si habla, si tiene memoria, si reconoce su identidad– también sublima.

¿Ocupa a tu entender el psicoanálisis un área de intersección entre la ciencia y el arte? Recuerdo a Freud cuando escribe que “el psicoanálisis es un instrumento difícil de tañir”. Retomamos en este punto la temática de la sensibilidad artística y su puesta en marcha durante el proceso analítico.
El arte no sólo es referido al psicoanálisis. Durante siglos se llamó Gran Arte a la medicina. En efecto, cuando no existía el desarrollo tecnológico actual, eran la perspicacia y la habilidad del clínico las que obtenían buenos resultados. Los conocimientos no alcanzaban, sino lo que el talento individual hacía con lo poco que se sabía y podía. Esto rige ahora en el psicoanálisis: la tecnología es escasa, se limita a experiencia y encuadre. El peso reside en la calidad del profesional, su pasión por la tarea, su agudeza de escucha y lucidez interpretativa.

El psicoanálisis se ocupa de las palabras pero también de lo no verbal, de lo inaudible, del “antes de palabra”y de las sensorialidades y el silencio. ¿Se asemeja en este punto al mundo de la inefabilidad del arte en cualquiera de sus expresiones?
Claro que sí. No olvidemos que la potencia del arte se vincula con el inconsciente y nuestro caudal emotivo. Consideramos que una sesión de análisis fue buena no sólo porque abrió filones del inconsciente, sino tambien porque lo hizo con afecto intenso. El afecto intenso se llama emoción. El silencio, las sensaciones y el lenguaje preverbal pueden llegar a tener tanta o más fuerza que las palabras.

¿Qué le dirías a un psicoanalista que se siente incapaz de escribir frente a la página en blanco aunque desee hacerlo, que experimenta el imperativo de escribir para hacer carrera, pero no así la invitación interior?
Debemos resignarnos a que los seres humanos no nacemos iguales y que unos escriben con más facilidad que otros. Pero no hay que olvidar que en materia de escritura, también rige el entrenamiento. Dicho en términos psicoana-líticos, rigen las series complementarias. Unos nacen con habilidad y otros logran la habilidad a costa de perseverancia. Ocurre que en la actual educación argentina –me refiero a los tres niveles- no se estimula la lectura ni la escritura. Hay profesionales que no saben redactar una carta. Sin embargo, aunque no logren un depurado estilo, si vencen las resistencias y se sienten motivados, podrán conseguir que la página en blanco no los angustie. E incluso que llegue a darles una hermosa sorpresa.
 
 
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