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   Psicoanálisis: historia y teoría

Freud y el instinto
  Por Jorge Bandin
   
 
Puede considerarse el presente escrito como una segunda parte del que presentáramos respecto de la inferencia de la horda primordial por parte de Darwin y de lo que Freud concebía como la transmisión de las vivencias por vía filogenética en una línea de ideas que lo vinculan esencialmente con Lamarck. Cierto es que uno de los conceptos fundamentales sobre los que se edifica el cuerpo teórico del psicoanálisis es el de pulsión y que debemos sin duda a Lacan su absoluta reivindicación en una línea que procuró y logró la definitiva reubicación del concepto y tras ello la necesaria vuelta a Freud, esterilizándolo de la influencia inglesa y de las adulteraciones americanas de la década del los 50. El problema es que esta sustitución del instinto por la pulsión distrajo acerca de aquellas veces que, con fuerza teórica, Freud puntualizó aquello que para él reivindicaba al instinto (Instinkt) como de ubicación precisa dentro del cuerpo teórico psicoanalítico. Efectivamente, Freud no sólo indicó en más de una oportunidad con precisión dónde situaba el concepto, sino que lo circunscribió en un campo por completo diferente del de la pulsión.

Así, al final del punto VI de “Lo inconciente” leemos: “El contenido del inconciente puede ser comparado con una población psíquica primitiva. Si hay en el hombre unas formaciones psíquicas heredadas, algo análogo al instinto de los animales, eso es lo que constituye el núcleo del Icc. A ello se suma más tarde lo que se desechó por inutilizable en el curso del desarrollo infantil y que no forzozamente ha de ser, por su naturaleza, diverso de lo heredado”. Y aquí encontramos tres elementos: el instinto, lo heredado y la relación de ello con las vivencias infantiles. Pero Freud, poco más tarde circunscribiría con precisión los modos de articulación entre lo heredado y las vivencias infantiles. La íntima conexión entre lo instintual y lo heredado aparece en otras expresiones freudianas en las que subyace, ya sea que se hable de esquema filogenético, herencia arcaica, filogenia o vivencia de la especie. El instinto, a diferencia de la pulsión, no supone exigencia de trabajo sino que promueve desenlaces.

En El hombre de los lobos leemos: “Eso instintivo sería el núcleo del inconciente, una actividad mental primitiva que luego la razón de la humanidad –a esta razón es preciso adquirirla– destrona, superponiéndosele”. Destrona y se le superpone, ni lo uno ni lo otro, ambas operatorias. Por ser ordenador de las vivencias, esquemas de colocación, implica algo respecto de estas diferente respecto a la pulsión. Los esquemas instintuales ordenan las vivencias, las colocan, mientras que la pulsión inviste a los esquemas. Ahora bien, cuando las vivencias son insuficientes para la constitución de la fantasía, prevalece el esquema, de allí que éste prevalece: “donde las vivencias no se adecuan al esquema hereditario, cuya obra sería por cierto muy provechoso estudiar en detalle. Precisamente estos casos son aptos para probarnos la existencia autónoma del esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre el vivenciar individual; en nuestro caso, por ejemplo, el padre deviene castrador y pasa a ser el que amenaza la sexualidad infantil pese a la presencia de un Complejo invertido en todo lo demás”. Las fantasías primordiales hacen que el individuo rebase “su vivenciar hacia el vivenciar de la prehistoria”. Mas esta relación entre instinto y vivenciar individual no es simple puesto que, como Freud lo puntualiza, no es de exclusión sino de cooperación: “No es facil apreciar en su recíproca proporción la eficacia de los factores constitucionales y accidentales. En la teoría se tiende a sobreestimar a los primeros; la práctica terapéutica destaca la importancia de los segundos. En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos una relación de cooperación y no de exclusión. El factor constitucional tiene que aguardar a que ciertas vivencias los pongan en vigor; el accidental necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz. En la mayoría de los casos es posible imaginar una “serie complementaria”, según se la llama, en la cual las intensidades decrecientes de un factor son compensadas por las crecientes del otro, pero no hay fundamento alguno para negar la existencia de casos extremos en los cabos de la serie”.
Freud sostendrá una tradición que con Haeckel se inspira en la herencia de los caracteres adquiridos en la línea que baja desde la Filosofía Zoológica de Lamarck y que tiene como una de sus máximas que la ontogénesis es una reproducción abreviada de la filogénesis. En algún lugar afirma que la hipótesis de Lamarck unida –según Etcheverry– con la concepción del ontogénesis-filogénesis, sustentan la importancia acordada al complejo de Edipo. Y en cuanto a la serie de ideas expuestas y en concordancia con ellas leemos: “Es verdad que el complejo de Edipo es vivenciado de manera enteramente individual por la mayoría de los humanos, pero es también un fenómeno determinado por la herencia, dispuesto por ella, que tiene que desvanecerse de acuerdo con el programa cuando se inicia la fase evolutiva siguiente, predeterminada”.
 
 
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