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   Adolescencia y alcoholismo

Que el árbol no impida ver el bosque
  Por Oscar Gutiérrez Segú
   
 
La clínica de las toxicomanías pone en evidencia que el consumo de las diferentes sustancias utilizadas para desarrollar lo que acertadamente se ha descrito como “un estilo de vida toxicómano” se encuentra sostenido en una cualidad de las mismas que es lo que presta sentido a su utilización.
Todas las sustancias utilizadas comparten la característica de tener la capacidad de introducir cambios en la percepción de la realidad, haciendo que ésta se encuentre más acorde con la sensibilidad de cada sujeto.
Esta realidad no es otra que lo que conocemos como realidad psíquica la cual se encuentra determinada por la “disposición congénita y los clisés adquiridos en la infancia” dando como resultante la estructuración del sujeto que soportará los efectos de la misma con su carga de dificultades, inhibiciones y posibilidades para la inserción del mismo en el vínculo social ineludible para los humanos.

Respecto a esta inserción encontramos el El Malestar en la Cultura una interesante reflexión freudiana en referencia a la ilusión de alcanzar la felicidad que ha sido una de las preocupaciones más persistentes del hombre; esta ilusión se encuentra compuesta por dos finalidades, por un lado el de experimentar intensas sensaciones placenteras y por el otro evitar el dolor y el displacer.
La evitación del dolor y el displacer aparece como el más difícil de alcanzar de ambos, ya que el sufrimiento “... nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizás sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen” S. Freud El Malestar en la Cultura O.C. T III Pag 11 – B.N. 1968.

En la medida en que las denominadas “drogas” tienen la característica antes citada de modificar la percepción de la realidad es claro que la finalidad de su utilización, el sentido de su utilización es el de cancelar lo que denominamos “el dolor de existir”, que se encuentra cabalmente representado por la miseria neurótica productora del malestar subjetivo que impulsa al consumo de sustancias psicoactivas.
Actualmente nos encontramos ante el desarrollo de una problemática que se ha extendido como reguero de pólvora entre los adolescentes, quienes por las características de la cultura actual se encuentran enfrentados precozmente a una serie de exigencias sociales de éxito en los diversos órdenes de su vida entre los cuales se destaca el del encuentro exitoso con la sexualidad.
Conocemos que una de las características más importantes del alcohol es su capacidad de “disolver el Superyó” lo que permite que momentáneamente y de un modo por demás artificial y precario puedan ser dejadas de lado las inhibiciones que puedan existir en el sujeto en su encuentro con la sexualidad.

Es de suponer que es justamente esta característica lo que estimula el consumo de altas dosis de alcohol en el desarrollo de las llamadas “previas”, como medio de poder prepararse adecuadamente (o sea con menos angustia) para poder comportarse de acuerdo a los estándares establecido por la presión social del grupo etáreo de pertenencia.
Los llamados “adictos”, presentan una particular adhesividad libidinal a objetos mediante los cuales quedan fijados a situaciones infantiles, las cuales tienden a transformarse en penosas en tanto y en cuanto exigen como contrapartida la enajenación del sujeto en una situación de impotencia ante la producción de actos encaminados al despliegue de su campo desiderativo; es esto un aspecto de peso en la determinación de una posición la cual conlleva un profundo malestar, abonado por la amenaza Superyoica del desamparo o la pérdida de amor. La resultante de esto es la utilización de sustancias con las cuales puede cancelar el dolor de su existencia.
Uno de los rasgos que encontramos casi como un denominador común dentro de la variada gama de cuadros psicopatológicos afectados por manifestaciones adictivas, es fundamentalmente un déficit de la estructura narcisista, con su correlato de una falencia en la constitución yoica. Dando como resultado una serie de características fenomenológicas las cuales permiten agrupar diferentes estructuras de base dentro de las adicciones.
Los denominados “deficitario control impulsivo”, “labilidad emocional” e “intolerancia a la frustración”, son fenómenos inscritos en esta fallida estructuración narcisista, debilidad estructural promotora de la transformación de los avatares y circunstancias de la vida en importantes amenazas las cuales ponen en riesgo al sujeto, quien se encuentra inerme ante el desarrollo de la angustia pudiendo quedar avasallado por ella, produciendo el pasaje al acto como ejercicio de la defensa.

El riesgo al cual verdaderamente temen y tratan de evitar se puede resumir como el corrido al emprender cualquier actividad en pos de lo anhelado, encontrándose entonces con la imposibilidad o la impotencia representada por el “temor al fracaso”, o su correlato, la pérdida de amor y la pérdida de garantes quedando enfrentados la tan atemorizante “soledad” con la cual se representa la asunción de la responsabilidad de los actos.
El desarrollo de la cura en quienes padecen de una manifestación adictiva deja en evidencia el hecho de soportar una fijación importante a lo conocido como “Yo Ideal” en tanto núcleo del narcisismo más primordial; éste tiene como rasgo determinante el estar constituido en parte por ese objeto materno con el cual el infante se siente “completado” ante la indefensión propia de los primeros momentos de la vida del ser humano.
El peso de este “Ideal” ancla al sujeto en situaciones de repetición por intermedio de las cuales se asegura la continuidad de ese vínculo y el alejamiento del peligro acarreado por su pérdida. Se produce entonces una situación de “fijación” a esta particular manera de vínculo con el Otro materno, constituyendo esto en un obstáculo muy importante en el progreso de la cura. Cuando el trabajo terapéutico comienza a producir un cuestionamiento de esta situación y provoca la emergencia en el paciente de un cierto anhelo o proyecto de modificación de este estilo de vínculo, en tanto es reconocido como un tope a los intentos de pasar a otra fase del proceso en la cual se comienzan a proyectar y poner en práctica los actos necesarios para intentar concretar los anhelos postergados, irrumpen fantasías de muerte pudiendo tener como objeto al paciente o a estas “sacrificadas” madres quienes han hecho del cuidado, vigilancia y gozosa queja acerca de la adicción del hijo el sentido de su vida.

Lo que observamos en la clínica de las toxicomanías es que este consumo abusivo de alcohol es con frecuencia tan solo una de las manifestaciones de una problemática más profunda y que tiene efectos de importancia en la posibilidad de desarrollo y maduración de estos adolescentes. Curiosamente este consumo prende con mayor facilidad en aquellos adolescentes que al enfrentar uno de los momentos cruciales del desarrollo de cualquier sujeto, como es el iniciar el pasaje de la situación de amparo infantil que brindan las figuras parentales y comenzar a decidir y actuar como consecuencia de esta decisión con respecto a delinear lo que serán sus intereses en la vida adulta, reniegan de la posibilidad de tomar el riesgo de la independencia en tanto esta trae aparejada la renuncia a la comodidad imaginaria de supuestos garantes protectores y proveedores.
La situación de prematuración del humano lo deja en una situación de desamparo vital que fuerza la necesidad de una pertenencia a otro que cumpla con la función de acompañarlo en el camino de su maduración. En general este Otro se encuentra encarnado en el Otro materno que queda así investido de características de omnipotencia y de la capacidad de otorgar dones. Tan solo a cambio de una entrega total que no es otra que la de la renuncia al campo desiderativo.
 
 
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