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   Colaboración

Lenguaje y sublimación
  Por José Luis Berardozzi
   
 
Mantener abierta la interrogación en torno al lenguaje nos sitúa en la vía misma de continuar interrogando los fundamentos del psicoanálisis. Instrumento privilegiado, soporte imprescindible de las operatorias posibles con el tan mentado sujeto del significante, al ser precisamente éste, el lenguaje, la razón de su existencia. Vale entonces interrogar por los alcances logrados en el nivel conceptual acerca del lenguaje, ubicado, a los fines de este ensayo, en término de la investigación.

A través de esta interrogación sobre el lenguaje intento avanzar hacia su conexión con la pulsión y los procesos sublimatorios, en que una tramitación es posible.
Precisemos una posible interrogación: ¿estamos a la altura de cernir o discernir los límites del campo del lenguaje, sus condiciones de estructura y funcionamiento, teniendo en cuenta que es lugar del fundamento del psicoanálisis, condición del inconsciente y la pulsión? Pienso y respondo, seguramente con amplio acuerdo, que no; que aún se está lejos de concluir en el trabajo sobre el lenguaje. Siendo que reconocemos la fundamental importancia que a él se anuda, no puede entonces quedar en el olvido este tema.

Lo que sí ha quedado claro: la función de la palabra es hegemónica en dicho campo y no se trata aquí de ningún tipo de cuestionamiento a la que con tanto esfuerzo Lacan logró ubicar nuevamente en el lugar que Freud le hubo asignado en la clínica de su descubrimiento; no sin adherirle el concepto de significante y, a éste, sus reformulaciones y finas precisiones respecto de la lingüística.
Si se trata de navegar por los mares de la sublimación es preciso, provisoriamente, no temer soltarse de la amarra que la letra implica en el territorio de lo reprimido del sistema Inc. Lo sublimado de la pulsión toma otro camino, es precisamente lo que no va por ahí, vía repetición de la letra inconsciente. La palabra no es ahora el vehículo de las representaciones inconscientes que nos interesa; no se trata de traducción de la representación-cosa, como sucede con el material reprimido al sistema preconciente, donde la representación es verbal, no hay transliteración de la letra inconsciente.
A esta altura, quien dogmáticamente entienda que el sujeto puede articularse solamente por la función de la palabra, quizás haya abandonado esta nota. Es cierto que en este punto pueden dividirse las aguas. “Un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante”, o “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” son fórmulas claves en que se apoya el desarrollo de Lacan, y su concepción de lenguaje queda sujeta en ellas. Rigen también para quien quiera trabajar el tema del lenguaje.

Entiendo que amarrarse al concepto de cadena y significante, además de imprescindible condición para pensar el lenguaje(“la palabra no puede fundamentar al significante” Seminario 20) no implica infidelidad alguna para con la palabra sino sitúa precisamente que el fundamento del sujeto, las operatorias de corte y pulsación se realizan en y por el significante; no solo exclusivamente es que sucede por la función de la palabra, pueden funcionar cadenas significantes sin palabras. Una vez más, la insistencia de Lacan parece no haber sido suficiente. “Al principio era el significante” o “el rasgo unario”, términos con los que él sustituye al Verbo del enunciado Bíblico, indican que no es nada trivial esa sustitución; que más allá de lo terminológico, se trata de una fina precisión conceptual. Igualmente no logra pasar, como tantas otras precisiones que realiza, sin cierta ambigüedad que nos toca seguir despejando. Enigmas del concepto que, sin embargo, ocultan una estricta coherencia lógica con otros no menos enigmáticos en la vasta red que nos legara. Notemos al pasar que tampoco dijo “Al principio era la letra”.
No abriremos la discusión por las precisiones entre letra y significante, o lengua y lenguaje, en que forma se recubren, o si se agotan uno en el otro y de que manera, pues ampliaría demasiado la nota pero es verdad que subyace, a la cuestión planteada en el tema, de manera central.

En el lenguaje reconocemos esta extensión, lo advirtamos o no, y el límite de la palabra cuando nos situamos en el campo del arte. No hay razón, más que dogmática, para pensar que la palabra es ahí el fundamento; la música, la pintura, la escultura, la danza, se tramitan con total autonomía de ella, tanto en los modos de producción como en la posibilidad de recepción de lo que “pasa” y se transmite con valor de verdad. El acto y disposición del sujeto en la construcción y/o aceptación del hecho artístico, no se dan sin la función del significante en el campo de lenguaje. El cuerpo interpreta, ejecuta y también es tocado, no por la función de la palabra, a través de los sentidos y mediante la articulación significante en un proceso discursivo. Aquí es conveniente no inclinarse rápidamente hacia la vía del objeto al querer tratar de explicar estos fenómenos que nos plantea la dimensión del arte, siendo que se puede explorar aún bastante desde sus especificidades simbólicas, sus sistemas significantes. En este sentido la infinita riqueza de la música no puede ser desaprovechada. Podemos pasarnos la vida estudiando sus sistemas.
La sublimación, vía de tramitación de goce pulsional, pone sobre el tapete cuestiones esenciales de la teoría; esenciales por quedar ellas ubicadas fuera del campo del sentido. Sutil viraje que implica ahora la sensibilidad como condición del logro de procesos discursivos que atraviesan, se sirven de y llegan a lo corporal.
La repetición del goce por el significante sigue siendo la baliza, eje fundamental que Freud instala definitivamente a partir del Más allá del principio del placer. Tiempo de formalización de la intuición primera que ya al comenzar El proyecto localiza bajo el nombre de Principio de inercia neuronal.

La reformulación que hace Lacan parte de introducir la ley del significante en la hiancia central del inconsciente, y la pérdida de objeto resultante del cruce con el lenguaje pasa a ser la razón de búsqueda de satisfacción del sujeto, en el corte pulsional. Goce perdido que difiere radicalmente del de la primera experiencia de satisfacción freudiana. Aquí se centra la torsión conceptual que luego del “Más allá...” nos impide situar lo relativo al principio del placer en paradigma ético del acto pues el funcionamiento del aparato, la función pulsativa del sujeto, centra su lógica, ahora, en ese más allá,( pulsión de muerte).
La concepción lacaniana, en cierto sentido, acorrala a la sexualidad como lo previo, soporte deseante, a la meta del goce pulsional a alcanzar, función de corte precisamente a-sexual, subraya Lacan. La petit morte: ¿de quien?; ¿del deseo?; ¿del sujeto?, ¿del Otro?

Lacan no dudó que hablar de pulsión era hablar de pulsión de muerte, ubicando la sexualidad en el soporte deseante del sujeto enmarcado en el fantasma. Conclusiones fuertes de Lacan respecto a Freud, con las que se puede estar de acuerdo o no, pero conviene no ser tibio a la hora de tomar posiciones por las incidencias clínicas que esto inevitablemente supone.
Me excuso por el pequeño rodeo, solo era para situar lo central del mecanismo de la repetición, ley del sujeto, en la articulación significante como basal del proceso sublimatorio y contextuar lo necesario de la estructura discursiva, (“esencialmente sin palabras”), para ubicar una experiencia analítica. Se reconoce rápidamente que estamos a la altura de los seminarios XVI y XVII, cuando Lacan formula estas enigmáticas cuestiones, esenciales dice él, acerca de un discurso sin palabras.
Es con las palabras de Lacan, “el discurso, estructura necesaria, que excede con mucho a la palabra siempre más o menos ocasional, prefiero, incluso lo escribí un día, un discurso sin palabras”, que uno se anima a pensar la estructura del lenguaje más allá de la función de la lengua. Dicho de otro modo, sus raíces, de donde ésta finalmente emerge en el largo proceso que arranca con el “baño de lenguaje”, musical y gestual para el infante y culmina en la adquisición de la palabra.

Para avanzar hacia un final, recapitulemos. La estructura discursiva, necesaria, en que el sujeto queda articulable, representado entre significantes, implica entonces, se localiza, en esta doble vía procesual de la pulsión: represión y sublimación, a través de la repetición en tanto “ley fundamental” del sujeto (Seminario XIV),como las dos modalidades de paso de su verdad de goce al campo del Otro. Logro de la satisfacción buscada en el corte que implica barramiento del saber; en otro momento habrá que desarrollar por su pertinencia a este mismo punto, al savoirfaire en juego de las actividades sublimatorias, lo que seguramente redundará en beneficios para ubicar cuestiones relativas al sinthome.
Así como la letra que se repite, a-semántica por definición, porta el valor del goce del inconsciente como lo disruptivo en el discurso del Otro, (lapsus, olvido); función del S1 reactualizando la sustracción del sujeto a la cadena bajo sus propias letras, nombre propio, rasgo literal si se quiere, donde la función pulsativa del sujeto realiza el corte por el mecanismo central, “ley fundamental”, de la repetición. Ahí se ubica la síncopa significante, resto temporal de la operación del sujeto.
Así del mismo modo operatorio, con la misma finalidad de búsqueda de satisfacción en el corte, que ahora no se juega a través de la letra significante ni en su carácter a-semántico donde se soporta el sin sentido medular. No; dijimos que no hay letra en el sentido que usa los elementos literales últimos de la lengua por los que el sujeto se nombra a través de la palabra. El trazo significante –pincelada, gesto, notas, pasos– realiza el corte en la dimensión espacio temporal. Significante con que el sujeto ejecuta su acto en la pintura, la música, la danza, etc. Que pueda pensarse como letra queda como posibilidad. Sí, debe quedar perfectamente discriminado de lo que es función verbal del lenguaje, simbólica por excelencia, representada en la palabra, y del mecanismo de la represión o su retorno.

Lo que se destaca en estos procesos sublimatorios es la función discursiva instrumentada, y/o soportada en lo corporal, por las otras dos vertientes o funciones del lenguaje: musical y gestual. Vale decir, ciñendo un poco más las velas, que música, gesto y palabra; real, imaginario y simbólico, tal es la secuencia temporal con que se dan para el bebé, son tres registros que conforman la estructura del lenguaje, de lo cual tendremos que exponer fundamentación más ampliada en otra nota.
Anudados en torno al doble agujero tiempo-espacio; su convergencia en objeto a permite ubicar al cuerpo constituido por la mirada unificadora en el agujero real del espacio y lo que será el sujeto, acéfalo en este tiempo pulsional, en el agujero temporal de las secuencias significantes, sus intervalos.
Mirada, cuerpo, espacio por un lado, y significante, sujeto, tiempo por el otro, podría ser una forma mínima de ordenar estos trípticos que se generan del cruce del viviente con el lenguaje, en miras de avanzar hacia su “lógica” borro-meica.

 
 
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