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   Psicoanálisis y propiedad

Apropiaciones de la posmodernidad en la casa de los analistas.
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Lo admito. Cada vez que la primera página de un artículo de psicoanálisis se inicia invocando altisonantemente la etimología de su tema, se me impone la prejuiciosa sospecha de que el autor es un obcecado. Alguien ciego a las pruebas de la historia que se obstina en creer que hubo, alguna vez, una Edad de Oro en la que los hombres eran una tribu de pastores felices que hablaban en el lenguaje de la verdad. Una tribu primordial y una lengua adánica anteriores a la Caída en el desorden del equívoco inconsciente y la arbitrariedad del signo. Claro está que la maniobra inversa no suele esquivar mejor las desavenencias de la primera impresión. Los artículos que comienzan tomando por ejemplares las definiciones de la última edición del Diccionario de la Real Academia por lo general dejan entrever una candorosa complacencia con el progreso. Acaban en el reverso exacto de los que encumbran hasta la sabiduría ancestral los meandros de la etimología.
Mucho más alentador es encontrar autores que nos dan señas precoces de que ellos piensan con la historia —siguiendo la expresión de Carl Schorske, el más oportuno historiador de la Viena de Freud— y con los usos efectivos de la lengua. Vale decir, que no soslayan lo imprevisto, que hacen un uso no idealizado de etimologías y léxicos, y que no se acobardan ante el tránsito cruzado de los diccionarios de sinónimos e ideas afines, por más que nunca los transcriban en la primera página. Sería una temeridad; como las entradas de estos diccionarios lo dicen casi todo (apropiación: adquisición, adjudicación, atribución, admisión, incautación, arrebatamiento, rapacidad, interceptación, arrebatiña, arañamiento, confiscación, recepción, retención, presa, conciso, usurpación, detentación, conquista, sustracción, ocupación, escamoteo, privación, asimilación, robo, toma, depredación, expropiación, plagio, acaparamiento), resultan indóciles a los fines segregativos de cualquier argumentación. En vez de traer agua al propio molino del texto, se instalan como ayudamemorias para recordar lo que deja fuera. Son diccionarios pre-argumentativos: no privilegian ningún punto de vista e infinitizan los puntos de partida.

En esta idoneidad para poner a cielo abierto exclusiones y apropiaciones simbólicas, la contemplación de la arquitectura tiene mucho del ejercicio de buscar sinónimos e ideas afines. A mi abuelo, que era un viejo anarquista, le encantaba llevarme de paseo hasta el gran edificio blanco del Ministerio de Obras Públicas y mostrarme que había sido levantado en el medio del corredor previsto para la extensión de la Avenida 9 de Julio, el proyecto de expropiación y demolición de más envergadura que Obras Públicas llevaba adelante en la ciudad de Buenos Aires. Era de ese ministerio la responsabilidad de interceptar maniobras inmobiliarias que pretendiesen engañar a incautos con terrenos que serían prontamente confiscados; sin embargo, olvidó cuidarse de sus propios funcionarios y dio vía libre a la construcción de un moderno rascacielos racionalista de veintitrés pisos, desprovisto de cornisas, maceteros y tímpanos —porque, como decía Adolf Loos, “el ornamento es delito”—. Una empresa japonesa ofreció cargarlo desde los cimientos sobre enormes y robustísimos rulemanes con el propósito de deslizarlo unos cincuenta metros al norte, aunque a un precio tan alto que se consideró más discreto que la impunidad ante los jueces y el olvido ciudadano se encargasen de ocultar el monumento mayor a la incompetencia y/o la indecencia del Estado. A mi padre lo obsesionaría otro espectáculo todavía más extenso, el de los austeros edificios del aeropuerto de Ezeiza convertidos en una brumosa postal londinense (una de un Londres talado por la arquitectura pacata de 1925-1965). Como no era un pintor impresionista y volaba seguido, se refería con menos regocijo que su suegro a los negociados del Estado ¿Por qué el Ministerio de Guerra había elegido comprar la zona con más bancos de niebla de los alrededores de Buenos Aires? La respuesta estaba en el nombre del propietario del terreno. Hoy, cuando caminamos por las avenidas Dorrego y Cerviño o por Puerto Madero, más allá del puente de Calatrava, podemos señalarle a los niños grandiosos monumentos levantados por la rapacidad de cada uno de los gobiernos civiles y militares de los últimos treinta años y que la justicia no vio. Pero como ésta no es una publicación para educar a los niños, me detendré en un acaparamiento, arrebato y/o escamoteo de otro orden. Seguramente nunca será objeto de investigación periodística, puesto que no es indignante; de todas formas, valdría la pena considerarlo porque, a mi entender, guarda estrechas relaciones con cierta particularidad del estilo de Lacan y con un tópico recurrente cada vez que los analistas hablamos, hoy, de nuestro tiempo.
Para subrayar esa pertinencia, pasemos a un cuarto y último tipo de diccionarios.

789:
Septiembre trajo algo nuevo, los 789 néologismes de Jacques Lacan, el resultado de años de trabajo sistemático de cuarenta y dos analistas franceses.1 Consta de un glosario, de varias listas que quieren roturar la selva lenguajera de tantos neologismos con arados de familias semánticas y un histograma que ubica cronológicamente cada hallazgo, apilándolos sobre el eje de las absisas de una cuádruple lámina apaisada. Lamentablemente para los que no tenemos al francés por lengua materna, el glosario no satisface la definición del Diccionario ideológico de Julio Cáseres (glosario: vocabulario de palabras oscuras, con su correspondiente explicación); nada de conjeturas a propósito de cuáles habrían sido las palabras corrientes que, en cada caso, Lacan incautó y condensó. En lugar de eso, ofrece la transcripción de los principales fragmentos en que cada uno de los 789 fueron introducidos (encomiable esfuerzo que irá perdiendo provecho en tiempos en que Lacan está a punto de ser completamente digitalizado y se podrán encontrar esos lugares apretando dos teclas). Las listas son muy perspicaces, aunque representen tímidos intentos de enmendar el renuncio del glosario. El histograma, en cambio, es la culminación y el escándalo del libro. Uno ve el histograma de los 789 y quisiera olvidarlo para detener el efecto dominó con que hace caer las fichas de las hipótesis corrientes.
Entre ellas, una a la que yo estaba suscrito pretendía justificar esos neologismos por el lado del contacto de primera mano que Lacan mantuvo con las vanguardias de principios del siglo XX. El simbolismo, el surrealismo, el joycismo y principalmente el dadaísmo (¡Tristan Tzara fue por varios años vecino suyo en 5, rue de Lille!). El obstáculo que siempre tuvo esta idea, y que ahora el examen del histograma incrementa ostensivamente, es el de que tal presunta influencia demora demasiado en volverse manifiesta. Hasta los cincuenta y dos años de edad, Lacan prácticamente no se sirvió del neologismo como herramienta heurística. In principio non erat neologismus, reza la parte izquierda del histograma que va de 1929 a 1953. A lo cual se agrega lo que acertadamente Yan Pélissier anticipa en la Introducción: “La neológica de Lacan, en sus comienzos adscripta de buena gana a la de la Medicina, recurre luego, y durante largo tiempo, a construcciones regulares empleando prefijos y sufijos, para devenir, después de 1966, cada vez más ingeniosa y chistosa.”

En cambio, la hipótesis que vienen sosteniendo los amigos de la formalización no se lleva nada mal con esa tardanza. A su entender, Lacan recién habría desatado su gusto (quizás más lúdico que heurístico) por los neologismos en el momento en que sintió que caminaba firme en el piso antideslizante de los matemas, las superficies topológicas y, sobre todo, los nudos. El estorbo que siempre tuvo esta opinión es el de que, para no marchar a contramano de su propio argumento, se ve forzada a depreciar el empleo que hace Lacan de los grafos, la teoría de los juegos y las primeras incursiones topológicas. Hace falta convencerse de que, desde “El tiempo lógico” hasta “Kant con Sade” inclusive, él todavía no sentía suficiente resguardado en su matemática. Ahora, el histograma le trae a los formulistas otro bochorno: entre 1978 y 1980 aparecen menos neologismos que entre 1953 y 1955. Esto último refuta, igualmente, la teoría médica de François Perrier y otros, según la cual los neologismos del último Lacan fueron producto de “la jerganofasia de un paciente canceroso”. Es una periodización que tampoco puede explicarse convincentemente diciendo que Lacan alcanzó a valorar los neologismos a través de la clínica, como si hubiese tenido que esperar casi a los setenta años para advertir la neológica del proceso primario y atreverse a hacer algo del orden de las esquizografías sobre las que había escrito en 1929. ¿A qué respondió, entonces, la eclosión 1967-77?
Creo que vale la pena considerar el dato de que en algunas artes, y muy nítidamente en la arquitectura, ocurrió lo mismo en ese mismo momento. Sí, 789 néologismes da para pensar en un Lacan sexagenario permeable al arte de la segunda mitad del siglo. Tal como había procedido con otros modelos, él lo atrapa in nuce para dejarlo caer en cuanto no tiene más qué hacer con eso.

De Laprida 1986 a Cabrera 4422: Los libreros recuerdan 1966 por la publicación de los Escritos de Lacan, de Las palabras y las cosas de Foucault, Figuras de Genette y el número acerca de análisis estructural del relato de Communi-cations; también porque aparecieron los números de lanzamiento de Langages, Cahiers pour l’analyse, La Quinzaine littéraire y Le Magazine littéraire, porque se festejó el cincuentenario de la creación del movimiento dadá y porque Robert Venturi dio a conocer Complejidad y contradicción en la arquitectura.

En “Un suave manifiesto en favor de una arquitectura equívoca”, comienzo del libro de Venturi, están reunidos los criterios y motivos de lo que —Robert Stern y Charles Jenks mediante— acabará llamándose arquitectura “posmoderna”: “Los arquitectos no pueden permitir ser intimidados por el lenguaje puritano moral de la arquitectura moderna. Prefiero los elementos híbridos a los ‘puros’; los comprometidos a los ‘limpios’; los distorsionados a los ‘rectos’; los ambiguos a los ‘articulados’; los tergiversados que a la vez son impersonales, a los aburridos que a la vez son ‘interesantes’; [...] los reminiscentes que a la vez son innovadores; los irregulares y equívocos a los directos y claros. Defiendo la riqueza de significados en vez de la claridad de significados.”2
Diez años antes, al cabo de un estudio acerca del manierismo y el barroco italiano patrocinado por la Academia Americana de Roma, este arquitecto italo-americano, nacido en Filadelfia, quedó del todo convencido de las insuficiencias del racionalismo funcionalista. Era el estilo dominante de entonces, desde 1932 se llamaba “Estilo internacional”, y, paralelamente a su creciente expansión, venía decayendo en soluciones inflexibles. Representaba, a esa altura, el triunfo monótono del modelo de las superficies exentas de las fábricas y el de la exigencia de la ingeniería naval de ahorrar espacio a toda costa. Negaba relevancia a la función simbólica del proyecto, a los soles intensos de ciertas latitudes que pedían aleros, a la evidencia de que la privación de cornisas y ménsulas decorativas provocaba que el chorreado de las lluvias fluyera libremente percudiendo y corroyendo los muros. La misma única solución para el Ministerio de Obras Públicas, el Hospital Militar, el Automóvil Club Argentino y los edificios residenciales. Recuerdo las esperas que traía ese “funcionalismo” en la escalera de la Escuela Freudiana de Buenos Aires cuando estaba en el edificio de Laprida 1986. Partiendo de la desopilante premisa de que esa amplia casa requería de las estrecheces de un submarino, la luz de paso de la escalera había sido diseñada del ancho de una persona de contextura mediana y con una estructura de caracol que, naturalmente, ocultaba a la vista lo que venía del otro piso; como consecuencia, cada vez que alguien subía y otro bajaba al mismo tiempo (lo cual era muy frecuente en horarios de actividades), uno de los dos debía retroceder sus pasos.
El manifiesto de Venturi no era solamente de papel. En 1962 había construido la Guild House, una residencia geriátrica que, sin renunciar totalmente al racionalismo, apostaba a una fachada con toques decorativos, estructura tripartita e importante entrada, a la manera clásica del palazzo. Las paredes eran de ladrillo oscuro y las ventanas humildes y algo anticuadas para conjugarse mejor con la vieja Filadelfia en la que habían vivido sus residentes. No era exactamente una recuperación arqueológica (etimológica) de la edificación pre-moderna. Por ejemplo, para indicar su carácter de cita, las dimensiones de esas ventanas eran superiores a las corrientes (“como el tema del Pop Art —anota Venturi—, son elementos vulgares que dejan de serlo mediante la distorsión ligera, el cambio de escala y de contexto”). Para resaltar lo confrontativo del programa, difundirá una tabla comparativa de su edificio con el Crawford Manor, una torre de hormigón obediente al Estilo Internacional, construida por esa misma fecha y destinada a resolver idéntica demanda. La conclusión era contundente: “Al erradicar el eclecticismo histórico, la arquitectura moderna ahogo el simbolismo. [...] Al limitarse a unas articulaciones estridentes de los elementos arquitectónicos puros, se ha convertido en un expresionismo abstracto seco, vacío, aburrido y, en último término, irresponsable.”3 Crawford Manor era obra de Paul Rudolph, decano de Arquitectura de la Universidad de Yale, donde Venturi era profesor. La respuesta no tardó en llegar. En una convención anual del American Institute of Architects, la mayoría de los participantes llevaron en la solapa prendedores con la inscripción “We don’t dig Graves”. Se trataba, simultáneamente, de una referencia injuriante a Michael Graves, uno de los más talentosos del nuevo movimiento, y un rechazo a la incitación a dialogar con la historia: “We don’t dig Graves” es la forma vulgar de decir “No soportamos a Graves”; “We don’t dig graves” es la forma correcta de decir “No excavamos tumbas.”4

El edificio que actualmente ocupa la Escuela Freudiana, en Cabrera 4422, exhibe hasta qué punto el posmodernismo arquitectónico logró imponerse. Después de atravesar el ingreso de un edificio ecléctico de finales del siglo XIX, con fachada retocada con planchas negras lustrosas, pasamos a un gran salón de muros de ladrillo a la vista interrumpidos regularmente por tabiques blancos bien revocados y el cruce de cañerías de electricidad prolijamente destacadas. Un par de vigas de acero laminado, que montan arcos de hormigón en ángulo de 30°, divide sin disimulo el espacio cenital y encuentran resonancia en una ventana triangular del vestíbulo. Otro caso: de lejos, el edificio de Maure 1850 parece una típica escuela secundaria americana de los años ’40, las que Tom Wolfe cruelmente compara con almacenes de venta al por mayor.5 Pero es una falsa primera impresión, un truco escenográfico. Esa albañilería no forma, estrictamente, parte del edificio de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires; es solamente su muralla agujereada, tras la cual hay algo muy distinto a una fábrica. El hecho es que estos dos edificios funcionan y no hay riesgo de que revivan los atoramientos en las escaleras. Algo semejante puede decirse de Av. Siete Jefes 4321, la villa neo-renacentista de entrada palaciega, dos plantas y una torre que es sede actual de la Sección Santa Fe de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Indiscutiblemente los aires historicistas de los posmodernos ayudaron a recuperar y poner en valor esta residencia de una familia tradicional de constructores. Si a todo esto sumamos que los accidentes de la memoria y los modos tergiversados de apropiarse del pasado fueron las grandes cuestiones que esta arquitectura tematizó y, con mayor o menor suerte, llevó a la práctica construyendo neologismos de varios pisos de altura, ¿por qué, entonces, cuando pronuncian la palabra “posmodernidad”, la mayoría de los analistas argentinos parece llevar prendido el “We don’t dig Graves”? ¿Una renegación de la curiosidad por el Pop Art que Lacan expresó el 23 de marzo de 1966? Todo es posible, pero tres cosas más estarían colaborando.

Apropiadores de los apropiadores: Uno. Como en cualquier movimiento exitoso, por ejemplo el lacaniano, la arquitectura posmoderna generó su propio Kitsch, y como ocurre casi siempre, la tentación atrapó a algunas de sus mayores figuras. En 1985, Michael Eisner, cabeza del imperio Disney, logró que el propio Graves construyera un complejo de hoteles para los visitantes de Magic Kindom. La reproducción gigante de una escultura de Bernini coronando el Swan Hotel es la deplorable respuesta de lo que puede hacerse con tal de vender paquetes turísticos.6 Aunque circunscrita, esta disneysación puso en evidencia debilidades intrínsecas del “Suave manifiesto en favor de una arquitectura equívoca”. Incluso Buenos Aires fue víctima de proyectos olvidables, como el del Complejo La Plaza de Av. Corrientes.

Dos. Pero nuestro malenquistamiento con la posmodernidad no tendría que ver tanto con eso, sino con maniobras de apropiación de filósofos de la cultura y las ciencias políticas. A falta de un término que diera nombre al estado de cosas que asaltó el mundo desde mediados de la década del ’80, se prefirió recoger el de “posmodernidad”. Lo posmoderno se convirtió en el nombre de la última fase del capitalismo. Y, con el desdén tradicional con que esos estudios acostumbran despachar a las artes, la rebelión de los sesenta contra el Estilo Internacional quedó pronto subsumida en ser un epifenómeno de lo que ocurriría veinte o treinta años después. La recesión del fordismo o la derrota de movimientos emancipadores de los setenta, la administración Reagan de los ochenta, las finanzas de los noventa, cuando no la figura del ex-presidente argentino Carlos Menem vinieron a causar las conclusiones musitadas por Venturi en Roma en 1956. Siendo profesor de Yale en la época de las pedradas entre arquitectos modernos y posmodernos, Frederic Jameson dijo haber despertado de su “sueño dogmático”. Eso no le impidió convertirse en el principal agente de la apropiación de las apropiaciones posmodernas. Brevemente, la operación se llevó adelante en un artículo pronto vuelto célebre, “Posmodernismo: la lógica cultural del capitalismo tardío”, publicado en 1984 en la New Left Review. El blanco elegido fue un edificio de un posmodernismo(?) francamente inusual. La justificación de Jameson no podía ser más débil: “[El Bonaventure de Portman es] una obra atípica en muchos sentidos respecto a esa arquitectura posmoderna cuyos exponentes principales son Robert Venturi, Charles Moore, Michael Graves y, más recientemente, Frank Gehry, pero que a mi modo de ver imparte unas lecciones muy sorprendentes sobre la originalidad del espacio posmoderno.”7 Además, sus críticas recaen, en todo caso, sobre la modernidad residual del Bonaventure (sus puertas de acceso mal señaladas, la dificultad para identificar los comercios, sus pasillos de techo bajo y oscuro). Resultado: una arquitectura maldita, reflejo de un período histórico maldito. El marxismo y el sartrismo en retroceso del primer Jameson y de nuestra primera juventud quedaban resarcidos. Notablemente, para muchos intelectuales, la cortina de papel de esas páginas alcanzó para cubrir las evidencias y ahorrar la molestia de bajar a la calle a caminar y ver. Ni siquiera Perry Anderson se atrevió a desconocer que se trata de un éxito de difusión universitaria antes que de observación: “El primer análisis extenso de una obra posmoderna fue la gran composición sobre el Hotel Bonaventure de Los Angeles, construido por Portman: como demuestran las citas, el ejercicio más memorable dentro de todo lo que se ha escrito sobre la posmodernidad.”8 En casa, donde tenemos divulgadores más decididos, a nuestros niños del CBC se les suele hacer repetir que “el Hotel Bonaventura de Los Angeles es un monumento a la arquitectura posmoderna”.(9)

Tres. Es previsible que en un país que sufrió, durante los últimos treinta años, el arrebatamiento de vidas, la interceptación de ideales y la usurpación de bienes, haya hambre de una palabra que nombre esa época y que se escuche como legítima la conclusión de que nada precioso pudo haber salido de su matriz. Quizás, por eso, nos sea difícil a los analistas argentinos vivir nuestro tiempo con la curiosidad arrebatadora de un Lacan (si bien, ni en su juventud ni en su madurez, él habitó ningún Paraíso). Cuando la fórmula extrema de Jameson se nos aparece cumplida, “La Historia es lo que duele, lo que niega el deseo e impone unos límites inexorables a la práctica tanto individual como colectiva”, el mundo que desfila ante los ojos pierde el Ángel y nuestro pensamiento la Gracia. No vemos arquitecturas, sino ruinas.

1. AA.VV., 789 néologismes de Jacques Lacan, Epel, Paris, 2002.
2. Venturi, Robert [1966], Complejidad y contradicción en la arquitectura, Gustavo Gili, Barcelona, 1977, p. 25-6.
3. Venturi, Robert et al. [ed. revisada 1977], Aprendiendo de Las Vegas: el simbolismo olvidado de la forma arquitectónica, Gustavo Gili, Barcelona, 1978, p. 130.
4. Kroloff, Reed, “How Pomo Became a Four-Letter Word”, Architecture, May 2001, p. 19.
5. Wolfe, Tom [1981], ¿Quién le teme al Bauhaus feroz? El arquitecto como mandarín, Anagrama, Barcelona, 1982, p. 7.
6. Jencks, Charles, “Between Kitsch and Culture”, incluido en Papadakis, Andreas (ed.), Post-Modernism on Trial, Architectural Design, vol 60, New York, 1990, pp. 25-35.
7. Jameson, Fredric [1991], Teoría de la posmodernidad, Trotta, Madrid, 1996, p. 57.
8. Anderson, Perry [1988], Los orígenes de la posmodernidad, Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 81-82
9. Díaz, Esther, Posmodernidad, Biblos, Buenos Aires, 1999, p. 26.
 
 
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