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   Psicoanálisis y propiedad

Tener o hacer
  Por Raúl Yafar
   
 
“Yo amo a quienes
dan siempre más de lo prometido”
Así hablaba Zarathustra
Friedrich Nietzsche

En este breve texto intentaré reflexionar sobre las condiciones sociales imperantes en nuestro país y cómo éstas tienen hoy, de un modo brutal, fuerza de determinación y efectos rotundos sobre un área de la subjetividad extremadamente delicada y convocante para el pensamiento del psicoanálisis. Me refiero al tema del actuar, el terreno de todo lo que implica un hacer, así como el del crear y el producir, tópicos siempre cercanos a las problemáticas del deseo1 . En este punto se juega la sustancia misma de la praxis psicoanalítica y el valor que le conferimos a la misma2 , pues todos nuestros esfuerzos clínicos siempre han chocado con aquel modo de posicionamiento subjetivo que hace de la retención, la posesión y la codicia su finalidad última.

De todas maneras, primeramente ensayaré unas líneas sobre el lugar que llegó a ocupar el psicoanálisis en la cultura de la clase media argentina –y no sólo dentro de ella– en sus mejores momentos y cómo creo que se explica dicho inusitado y tal vez irrepetible –incluso a nivel mundial– florecimiento.
Explicar ese fenómeno tan llamativo del desarrollo sin precedentes del psicoanálisis en la Argentina, y más específicamente en Buenos Aires, durante las décadas de los '60 y sobre todo de los años '70 y parte de los '80 no es tan sencillo. Empezaré entonces por aportar una posible versión de lo acontecido, que no pretende ser exhaustiva, pero sí componer una coyuntura compleja desde un cierto punto de vista –lo cual ya es una lectura–.
En nuestro país, en esos tiempos, creo, se dieron dos circunstancias aparentemente contradictorias, que tal vez no se han producido en ningún otro lugar del mundo3 . Los argentinos teníamos, entonces, tanto: 1) fuertes apetitos de cambio, al modo “tercermundista”, como: 2) un nivel de vida bastante aceptable, a imitación, al menos parcial, del del llamado “primer mundo”. Es decir, una combinación que reunía en un compleja mixtura lo más productivo de ambos mundos4 .
O dicho más detalladamente:
1) Las carencias e insatisfacciones que los ideales del yo demandaban subsanar habían generado, como en otras partes del mundo en esos mismos momentos, una fortísima apetencia de regenerar las cosas, de romper modelos y formas de vida, de “revolucionar” el entorno. Pero no sólo estaba afectado el macrocosmos de cada uno, también en lo micro el ansia de torsiones productivas era imparable. Esto se reflejaba en el hecho de que proponerse destituir la propia posición subjetiva –e intentar invertir una enorme cantidad de tiempo, energía y dinero en hacerlo– fuesen objetivos perentorios justificables para miles de ciudadanos que acogieron al psicoanálisis, en sus brazos, con esperanza, seriedad e inventiva. Es que “valía la pena” intentarlo5 .
2) Pero también se daba un ámbito de riqueza cultural que en otros países más pobres, aún en estado de insurgencia plena o moderada no era posible. Y no podemos negar que cierta amplitud de miras, cierta plenitud de recursos intelectuales, cierta disponibilidad de elementos incluso económicos, cierta “inteligencia” e intuición en cuanto a la propia posición como sujetos en el mundo, cierta apertura más allá de los objetivos más concretos de la subsistencia; en suma, cierta disposición fecunda para interrogarse, es necesaria para emprender y valorar los poderes del psicoanálisis.
De hecho, aquellos países donde las posibilidades económicas son plenas pero la satisfacción los condena al imperio del principio homeostático de la constancia –muchos europeos, por ejemplo– no son buenos destinatarios masivos del psicoanálisis. Así tampoco lo son los pueblos que están urgidos por cambios rotundos, pero carecen de recursos concretos y posibilidades intelectuales, incluso de tiempo para dedicar a algo tan “suntuario” como un largo y costoso tratamiento. Pues, acicateados por la necesidad y lejanos de toda libertad, no pueden dedicarse a ello.

El resultado, a primera vista paradójico, es que nuestro método, tan exigente en la implicación subjetiva, tan anticapitalista por lo “derrochador” de tiempo y esfuerzos económicos a los fines de algo tan “minúsculo” como lo es la subjetividad, tan profundamente anti-obsesivo –y esto es lo que lo comunica con las ideas de Marx, Nietzsche, Heidegger e incluso con el taoísmo y el budismo zen– termina siendo el recurso ideal para un sujeto de clase media que habita en un país subdesarrollado, sujeto pseudo-europeizado, “auto-exiliado” de su origen, es decir, para ese sujeto que somos todos nosotros, habitantes de un suelo-Otro del que queríamos vivir.
En esos tiempos éramos sujetos que teníamos con qué, pero no dónde; que sabíamos por qué, pero lamentablemente no hasta cuándo. Pero que, sea como sea, parecía que lo queríamos hacer aquí.
Todo eso ha terminado. La posmodernidad globalizada injuria el deseo con su alquimia de juegos prófugos de toda frescura, de fantasmas prefabricados en la usina de la manipulación universaria de un Saber nuevo, cerrado y reciclable. Hoy nos habita un Amo intangible y renovado, mucho más siniestro que el del dominio antiguo de los esclavos: estos podían “ir haciéndose conscientes”, aunque sea poco a poco, frente a quien se trataba de revelarse.
Pero más allá de ello, también ha terminado porque es la Argentina la que está terminada. Realizada como escoria del mundo en la avaricia de todo lo que tenemos afuera y mientras no podemos hacer nada con ello aquí adentro. Lo que se posee es lo que no se usa y lo que se atesora o codicia pospone la vida para un más allá estratégicamente imposible.

Se trata de una desaforada resurrección melanco-obsesiva –tan autodestructiva como arrogante, tan insidiosa como imparable–, que ha instituido la peor neurosis colectiva de la historia de nuestro país. Una paupérrima “religión privada” que, masificada en el peor punto de carencia de deseo, nos ubica en el más terrible recorrido degenerativo que haya acontecido tal vez incluso en todo el mundo moderno.
Esto encontró además del sacrificio de los propios recursos, una operatoria sumamente compleja –por lo renegatoria y canallesca– en los métodos. Es decir, para dejar de hacer lo que se necesita dentro del propio juego, de la propia apuesta, de la propia mirada esperanzada –y hablo de la generalidad de los habitantes–, se buscó otorgarle una consistencia desaforada a un objeto absoluto de “salvación” erradicado, extraído de la vida fáctica: pasar de la causa de deseo anheladamente operativa –de allí los apetitos de emprender un psicoanálisis– al goce de la exacción más delictuosa –la fuga de todo recurso aprovechable a los fines del deseo–.

Para ello, primeramente se practicó desde el propio Estado, con la complicidad o la indiferencia de vastos sectores de la población, la eliminación lisa y llana de una generación entera de posibles dirigentes políticos –muchos de ellos hubieran madurado eficazmente su exaltación “revolucionaria” a lo largo de esas décadas de vida plena que, con ferocidad sistemática e inaudita, se les quitaron–. Mientras tanto un gigantesco robo especulativo, legitimado posteriomente a nivel institucional –me refiero al comienzo de nuestro inmundo endeudamiento externo, hoy público–. Luego un intento de guerra, donde ya se sabe –Rascoksky dixit– que los que mueren son los jóvenes, aunque los psicoanalistas pongamos en el rostro una expresión de inmunidad a los saberes psicológicos. Más tarde, esa expropiación y transferencia de recursos brutales que implica el fenómeno hiperinflacionario y el derrumbamiento –sin necesidad de un golpe de Estado– del primer gobierno constitucional. Luego la edificación –por decirlo así– de un liderazgo insustancial en base a una tropelía desaforada y continua de recursos renegatorios que juega con la máscara de una supuesta “sapiencia” y/o capacidad de decisión políticas –uno de los nuevos disfraces de la “viveza criolla”– en el manejo de los asuntos de poder6 , cuando es sólo el fruto de una destrucción unidireccional de la genuina actividad política como juego balanceado de negociación, acompañado de una consonancia milimétrica y absolutamente reaccionaria con el proyecto7  de los agentes verdaderos de poder, tan minoritarios como sanguinarios, de nuestro país. En este último punto, corrupción y activades delictivas generalizadas no son excesos, sino parte consustancial de ese régimen.

De este modo terminamos en una destrucción sin precedentes, a lo largo de veinticinco años, del aparato productivo, de las posibilidades de trabajo, de las leyes sociales, del nivel de vida, de la cultura que exportábamos, de todo lo que nos distinguía de otros países de Latinoamérica8 .
Pero más importante es que se ha construido una nueva serie de ideales del yo, incompatibles con una nación moderna, con una vida civilizada, que nadie quiere ser el primero en defenestrar –más allá de las críticas retóricas–, es decir, arrojándolos de una vez por la ventana.

Esta serie se compone de dos elementos complementarios:1) la salida de recursos por la vía de la fuga semi o directamente delictuosa del país es el pan de cada día. Pan seco, incomible, mortificante, que se acompaña de una obstinación defensiva de aquellos que sin delinquir de todos modos quieren que lo que “tienen” no repose en su país, dado el riesgo inminente de su pérdida; 2) el carácter ambiciosamente rentistico de toda actividad laboral va más allá de aquellos que realmente viven “de arriba”: es una aspiración colectiva generalizada –llegando hasta una falta de confianza en las propias capacidades que roza la demencia.

El resultado es el curro esposado con la avivada como modus vivendi, acompañado de una vertiginosa huida de recursos económicos espuria o genuinamente obtenidos. Incluso cuando más lejos y anónimo sea el lugar donde se depositan los “ahorros” se supone que más seguros están.9  Si los que no lo creyeron así cayeron bajo el “corralito” y el “corralón” se cierra el circuito y el ideal del yo colectivizado está instalado. El “colchón” donde hibernan nuestros sueños es nuestro nuevo banco de protección del futuro que no sabemos si podremos vivir, pues nos pueden matar en cada esquina por un objeto o suma de dinero ridículos –no llevamos encima casi nada, pues lo que vale lo tenemos “depositado” en casa–. Todo el país “afuera”10 , ajenizado de toda actividad, deambulando los sujetos propiamente dichos como fantasmas sin un recurso operativo en los bolsillos: ningún hacer, ningún poder, ninguna esperanza. Y así, tampoco y de poco, ningún análisis cobrando sentido en los divanes.

En este torbellino de inseguridad y avaricia nuestra más cotidiana pseudo-esperanza se confía, incluso para envidia de los que no pudieron o lograron hacerlo, en una salvación que suponemos en aquello que alcanzamos a lanzar fuera del país. Pero esto debe ser entendido como que somos nosotros los que nos fuimos de los medios de nuestro deseo: ya no podemos hacer nada adentro que sea productivo.
Cuando Ortega y Gassett creyó ver en los argentinos a sujetos más preocupados en pensar que en obrar, nos dijo: “¡argentinos, a las cosas!” Esto fue mal entendido por las clases dirigentes, por los que tenían en sus manos la posibilidad de apoderarse de las riquezas comunes: se dedicaron y nos enseñaron a dedicarnos a desvalijar nuestro país, como si se aproximara una gigantesca mudanza o estampida cataclísmica. Pero lo que ha ocurrido es que sólo la vida ha quedado afuera. Con toda nuestra propia riqueza ex-propiada lejos, ahora se ha tornado distante de ser a-propiada: nos hemos vaciado nosotros mismos. Falta alquilar o malvender el suelo y declarar este país “terreno baldío”: un páramo de linyeras en el que los que lo habitan están empobrecidos y asustados, violentados o abstraídos, aunque “tengan” eventualmente sus riquezas afuera.
Un gema verde parece verde cuando la luz brilla a través de ella, porque absorbe todos los otros colores y no los deja pasar. Es decir, llamamos “verde” a la joya precisamente porque no retiene las ondas de ese color. No se le nombra por lo que posee, sino por lo que ofrece. Y esto es lo que cuenta en lo que él nos hace.

En la estructura del tener dominan las palabras y los objetos muertos, en la del actuar lo que está vivo y es, en el fondo, lo que respeta lo que de la vida siempre permanece inexpresable. Se trata de desarrollar algo que ofrecer, constituyéndome en el sujeto de una actividad que me habita: dar a luz algo y mantenerme enlazado responsablemente a lo que se (me) produce. Un hacer como manifestación de mis poderes: de este modo mi subjetividad, mi actividad ínsita y los resultados de ella terminan siendo lo mismo.
Somos un país de muertos en vida, renuentes a toda apuesta, guiados por una minoría sanguinaria y más empobrecida subjetivamente que los que revuelven sobras por las calles –esos todavía quieren vivir “de algo”, alguna vida resta en aquello a lo que se aferran–. Una minoría adueñada de nuestro sistema de ideales11 , que ha experimentado hasta el hartazgo y la adicción el goce de tener, pero que ha renunciado a cualquier hacer. Que ha renunciado –y ha terminado por hacernos renunciar– a esos actos tan vacíos, tan poco sustanciales pero ricos en efectos, tan semejantes al arte y a los dones de la cultura, a esos modos del hacer “algo” con lo real que tienen consecuencias. A esos actos que demuestra, solicita, provoca e interpela –aún, aún, aún– el psicoanálisis.

1. Voy a dejar de lado las diferencias teóricas más específicas desde el punto de vista del pensamiento de Lacan entre estas cuatro cosas a los fines de desarrollar mi idea más sucintamente, concentrándome en lo que quiero trasmitir.
2. En esta misma línea, discutiendo el tema del lugar y el valor actual del psicoanálisis, aunque aplicado sobre un punto específico de la formación, ver también el texto “¿Supervisión?” de Elida Fernández, en Imago Agenda N° 62.
3. De las que emerge una figura subjetiva que podría ser incluso inédita. Esta constituye un auténtico, digamos, oxímoron personificado. Se trata de la extravagancia de un “burgués-deseante”. Si debe llamarnos la atención la conjunción de los términos es porque, como ya Nietzsche había descripto, la homeostasis rutinaria y burocrática de la burguesía es siempre pesada, improductiva, se conforma con entretenimientos vacuos y no conoce otra forma de amor que no sea la de la compasión sin entusiasmo. Para aclaración del lector, doy otros ejemplos ilustrativos de la figura retórica del oxímoron: en la poesía, recordemos el “lamento sonriente” de Baudelaire; en el psicoanálisis , la “intimidad externa” o el “exterior íntimo” (Lacan), que se conjugan luego en su idea final de extimidad de lo real.
4. Lejanos del segundo mundo, el del “socialismo” real o pseudo-socialismo stalinista, que no había aportado ninguna de las dos cosas –o las había aplastado–.
5. Y vaya que lo intentamos concretamente y vaya que es un orgullo para nuestro pueblo que un sector haya elegido esa vía con tanto entusiasmo. Otros, por su parte –además, a veces, de analizarse– eligieron un protagonismo político que les costó en muchos casos la vida. Sea como sea, en estos puntos no parecíamos pequeños burgueses adocenados.
6. Cuando un gobernante se acoge al juego de las demandas de la gente siempre aparecerá más zarandeado y vacilante en su manejo del poder, maniatado muchas veces en el choque de las diversas y complejas perspectivas a las que atiende, que si desdeña toda solicitud y hace y dice siempre lo que se le ocurre, semblanteando impavidez en las decisiones, mientras se ampara en el telón de fondo de las órdenes de los que verdaderamente poseen el poder: sus titiriteros en la comparsa del despojo.
7. Ese proyecto –tan legítimo como cualquier otro si se hubieran usado medios democráticos para implementarse, lo cual era a todas luces imposible– no es otro que transformar nuestro país en una mezcla de Colombia y Venezuela, disfrazada de una supuesta nueva Corea o un nuevo Chile. Es decir, llegar lentamente y a través de los años a un 75% de pobres e indigentes, lo que es igual a alta desocupación para proveer mano de obra baratísima; dólar recontra-alto para recontra-altas ganancias en las exportaciones de empresas extranjeriza­das; cierto pago variable de un endeudamiento espurio que deja pingües ganancias a los nativos en comisiones financieras; y, por supuesto, destruccción total de la clase media y de la actividad cultural que podría apetecer otro proyecto y llegar a gerenciarlo. Y esto último incluyendo entonces las imposibilidades futuras casi totales del ejercicio del psicoanálisis, con su regresión a una psicología institucional que se soportaría meramente en los recursos bancarizados de las prepagas.
8. Durante la década de los '70 siete de cada diez habitantes pertenecía a uno de los diversos sectores de clase media: hoy sólo tres. La brecha entre los más ricos y los más pobres era de ocho veces, cuando ahora lo es de treinta y cuatro. Desde entonces, la cúpula del diez por ciento más rico de los argentinos recibió del resto de los habitantes una transferencia de riquezas equivalente a 27.400 millones de dólares por año.
9. Nuestra caja de seguridad personal, Uruguay, ha dejado de ser una plaza asegurada. Sea como sea, la mayor parte de lo que se ha fugado del país podría ser investigado perfectamente: o responde a delitos o a leyes injustas –que sólo en nuestro país fueron posibles–, leyes que obedecen meramente a contubernios entre poderes coyunturales de un gobierno u otro. El resto responde al convencimiento obtenido de que todos los ciudadanos debemos hacer lo mismo aún con nuestros ahorros genuinos.
10. Si toda la riqueza de los argentinos fuera de treinta dólares, se distribuirían aproximadamente del siguiente modo: unos veinte estarían en el exterior –unos quince huidos mediante métodos delictivos o componendas espurias entre poderosos y políticos, los otros cinco fruto del temor a perder sus recursos de parte de gente más desconfiada o advertida–; más de seis atrapados en el “curralito” –es decir, también mayormente fugados o prestados–, dos y medio en los colchones y uno en las reservas del Banco Central. Mientras que un miserable peso y algunas monedas van circulando como valor de cambio a los fines de la vida activa. Ningún país, ninguna vida digna, ningún hacer productivo, son viables de este modo.
11. Recordemos que si bien el psicoanálisis va más allá de los ideales del yo, sin estos un análisis es imposible. Ver lo que dije al comienzo sobre la operatividad movilizante de ciertos ideales del yo durante la Edad de Oro del psicoanálisis argentino.
 
 
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