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   Psicoanálisis y propiedad

Responder a la expropiación
  Por Benjamín Uzorskis
   
 
1. En 1974, Michel Foucault comienza un ciclo de conferencias sobre la crisis de la medicina y de la antimedicina destacando el valor del texto de Iván Illich Némesis médica. La expropiación de la salud.1 Tanto los temas que aborda Foucault como los que trata Illich constituyen el inicio de un debate muy importante referido a la medicalización del nacimiento, la vida y la muerte del ser parlante. Son cuestiones que arman, a partir de los ’70, el capítulo de la medicina denominado Bioética.

Se trata de un debate que puede conducir a un peligroso camino contestatario y, lo que es preocupante, no en el sentido que tiene originalmente este término en la lengua francesa. Según el Nouveau Petit Robert, contester tiene un primer sentido de “poner en discusión el derecho o las pretensiones de alguien” y un segundo sentido de “poner en discusión, en duda”. El término luego se extenderá al concepto de denegar, discutir, refutar, contradecir, controvertir, chicanear. Es éste justamente el sentido más extendido en nuestra lengua y lo que hace que este término, en tanto aparece en el enunciado de un sujeto con una determinada posición subjetiva, adopte más bien el cariz contestatario de barricada. Es una postura peligrosa que se puede advertir claramente en Clavreul cuando describe el supuesto orden médico. Posición peligrosa por ejemplo para el profesional psi que intenta desempeñarse en la tarea asistencial en territorio médico, porque lo puede llevar a enfrentarse gratuitamente con el equipo médico que, sin duda y no debemos olvidarlo, es siempre local. Y se trata también de una posición desactualizada, no olvidemos el origen setentista de estas posturas que clara y agudamente criticara Lacan en El reverso del Psicoanálisis, porque los efectos de la mercantilización de la medicina han operado también sobre los médicos de tal modo que, si de un orden se trata, desde hace por lo menos una década, deberemos referirnos al orden de poder de las corporaciones financieras que se han apropiado y deciden sobre las instituciones médicas convertidas en empresas. Obviamente, estas corporaciones deciden también sobre cuestiones políticas centrales en todos los países, y más aún en los denominados emergentes.

Ivan Illich en 1976, con relación a los pacientes indefensos, puntualizaba una serie de advertencias en primer plano: efectos secundarios adversos debidos a los contactos técnicos con el sistema médico (como yatrogénesis clínica) y a los intentos del médico por protegerse contra un posible juicio por mal ejercicio profesional. En un segundo plano, Ivan Illich señala que la práctica de la medicina fomenta las dolencias reforzando a una sociedad enferma que anima a sus miembros a convertirse en consumidores de medicina curativa, preventiva, industrial y ambiental. Este segundo plano de iatrogenia se manifiesta en diversos síntomas de sobremedicalización social que equivalen a lo que Illich ha denominado la expropiación de la salud como yatrogénesis social 2, definida por él de este modo:

“La iatrogénesis social designa todas las lesiones de la salud que se deben precisamente a esas transformaciones socioeconómicas que han sido hechas atrayentes, posibles o necesarias por la forma institucional que ha adquirido la asistencia de la salud. La iatrogénesis social designa una categoría etiológica que abarca muchas formas. Se da cuando la burocracia médica crea una salud enferma aumentando las tensiones, multiplicando la dependencia inhabilitante, generando nuevas y dolorosas necesidades, disminuyendo los niveles de tolerancia al malestar o al dolor, reduciendo el trato que la gente acostumbra conceder al que sufre, y aboliendo aun el derecho al cuidado de sí mismo. La iatrogénesis social está presente cuando el cuidado de la salud se convierte en un ítem estandarizado, en un artículo de consumo; cuando todo sufrimiento se “hospitaliza” y los hogares se vuelven inhóspitos para el nacimiento, la enfermedad y la muerte; cuando el lenguaje en el que la gente podía dar expresión a sus cuerpos se convierte en galimatías burocráticas; o cuando sufrir, dolerse y sanar fuera del papel de paciente se etiquetan como una forma de desviación.”3
Creo que es posible responder a esta expropiación de la salud pese a las crecientes dificultades que se despliegan en este campo. Y es preciso tener en cuenta que ya no se trata solamente de pensar con relación al vínculo posible entre el médico y el paciente como lo intentara Balint hacia 1950 en Inglaterra, tratando de suturar la subjetividad escamoteada por el discurso de la ciencia. Desde la década del ’80 lo institucional se impuso estableciendo el trípode (institución médica – médico asistente – paciente), que no puede soslayar, de ninguna manera posible, al cuarto término conformado por el contexto histórico-social.

Pese a esta compleja y difícil situación se ha intentado, durante estas cinco décadas posteriores a la aparición de Balint en el campo de la medicina, la reinclusión de la subjetividad en el acto médico de diversos modos prácticos y por medio de diversos interlocutores. A la consigna inicial de los balintianos de asistir a la asistencia se agregó la de asistir directamente al paciente en los servicios médicos. Los que han tomado a su cargo la decisión de llevar adelante esta tarea han sido diversos profesionales que han implementado también diferentes fundamentaciones teóricas o practicantes y voluntarios con el basamento de una posición religiosa o humanitaria. En la Argentina ha sido más clara y precisa la fundamentación psicoanalítica de las intervenciones del psi en territorio médico. Y últimamente han aparecido también otras intervenciones psi basadas en otros marcos teóricos que, en general, apuntan a disminuir básicamente lo subjetivo del dolor (visualizaciones, reprogramaciones subjetivas, etc.).

Dada la debacle institucional y presupuestaria que padecemos desde hace décadas como realidad crónica, es cada vez más difícil sostener una continuidad de trabajo asistencial. De este modo son pocos los equipos que han podido mantenerse como tales y al mismo tiempo ha sido difícil consolidar la experiencia que se pudo adquirir en cada uno de ellos. La incierta inserción institucional, así como también la casi total ausencia de reconocimiento, no sólo de retribución en dinero, pese a la altísima exigencia para poder ingresar al sistema de residencias y concurrencias, produce desaliento y dificulta el crecimiento posible del joven profesional. Otro problema no menor es el impedimento para dar testimonio de la clínica realizada, posiblemente por temor a mostrar lo que se hace en la práctica concreta.

Las dificultades que suscintamente señalo no se producen solamente dentro del ámbito psi. Las condiciones de trabajo de los médicos se han precarizado de tal modo que bien se puede pensar que lo que sostiene al profesional y a la tarea que realiza es la necesidad de construir una experiencia clínica, la ilusión de un cambio que tarda en llegar o directamente la decisión de emigrar y hacer carrera en un país que funcione como tal.
Pese a lo dramático que es el panorama argentino a nivel sanitario, en la Argentina el paciente tiene todavía la fortuna, muchas veces, de tener quien escuche su sufrimiento y no solamente se lo medique y/o psiquiatrice como está pasando, en general, en los países desarrollados. Como este hecho no siempre se da y tampoco de la mejor manera para la subjetividad del paciente, he introducido a partir de 1997 el concepto de posición subjetiva activa4 como una respuesta posible del enfermo ante las vicisitudes de la asistencia médica y no solamente en la Argentina. Tal como lo señalaba al comienzo, a partir de las observaciones de Iván Illich, los problemas no son solamente de estas latitudes ni de ayer. Por lo tanto considero que la respuesta no solamente debe apoyarse en lo que aporte el profesional psi o eventualmente el de la asistencia social. Acepto que hay situaciones de desvalimiento y de violencia social que dejan al paciente sumido en la desesperación o en el abatimiento. Pero aún así creo que nuestra dirección en la cura, en cuanto a la forma de intervención, deberá apuntar a un sujeto posible y capaz de responder, de lo contrario sostenemos un maternaje o una forma más de asistencialismo.

2. La expropiación de bebés ha sido una de las más horrendas evidencias de la soberbia del terrorismo de estado de la dictadura militar iniciada en 1976. Ese poder se ensañó también, utilizando la Hoz de su ministro de economía, con casi todo el aparato productivo del país y con el Estado mismo como tal. Operación de desguace calculada que no se detiene con el retorno de la democracia sino que, por el contrario continuó hasta el extremo al que finalmente arribamos: aniquilamiento casi total de la industria nacional y defenestración de las más elementales funciones del Estado (salud, educación, seguridad) con la participación activa de los últimos gobiernos legitimados en las urnas.

En diciembre de 2001 llegamos al final anticipado y trágico de un período constitucional abortado por inepcia interna y por arteros ataques desde la oposición. En la confusión inevitable de ese caos se creyó en el poder decisivo del pueblo y del cacerolazo. Rápidamente se olvidó la impronta del voto bronca del 14 de octubre de ese mismo año que ponía en evidencia un enojo infantil y carente de propuestas constructivas. Y lo que es más grave, una posición insultante hacia las instituciones de la República. Más o menos como escupir al cielo. Tampoco hubo en el gobierno5 de ese momento un mínimo de capacidad para recoger ese guante equivocado. Por el contrario, mientras los poderosos advertían el advenir del próximo caos y llevaban su fortuna a lugares seguros, se dio el toque final de expropiar los ahorros de los ilusos y creyentes en el 1 peso = 1 dólar; hecho desmentido en lo Real a partir de la emisión del primer patacón. Aprés-coup somos todos genios. Con tanta frustración y sin liderazgo en la realidad, el caos fue el líder después del 19 de diciembre. Luego de la semana de los cinco presidentes, quedó un resto ominoso a nivel político. La opinión popular, moldeada por los medios de comunicación, siguió insistiendo desde el malestar y así apareció la consigna letal: “¡Que se vayan todos!”. Y es casi imposible detener la sinrazón de una propuesta suicida que solo puede conducir a lo peor.
Mientras los grupos de poder afilan sus dientes y sus garras para disputar el resto del botín que queda de la Argentina y la izquierda denosta contra todo sin ningún programa definido y vociferando su no vocación de poder, la pobreza crece y el desánimo se generaliza en la mayoría de los argentinos.

Se ha hablado demasiado de crisis y de desvastación. Ya es remanido lo de crisis como peligro y oportunidad. Para los griegos la crisis establece una opción. Ya conocemos adónde lleva la ausencia de Estado y de Ley y sabemos también que hay quienes están dispuestos a encarnar el lugar del Amo-de-la-Mano-Dura que someterá con el Terror para supuestamente reinstaurar el orden.

Todavía nos queda la opción de votar. Creo que es la posibilidad de mostrar de modo prudente, pues ya sabemos adonde nos llevó la hybris de los ’70, que podemos elegir, al menos, no lo peor. Sé que actualmente no hay liderazgo real y que difícilmente eso se produzca antes de las próximas elecciones. Responder otra vez con un voto bronca es reiterar la escupida al cielo. Creo que sí es importante votar masivamente y no debemos olvidar que ha sido justamente Menem el que propuso eliminar la obligatoriedad del voto. El acto de votar es una posición subjetiva activa que se opone a esa desazón colectiva no ajena, en el caso nuestro6, a esa impronta discepoliana con efectos evidentemente autodestructivos. Si se piensa que se está en blanco en cuanto a liderazgo, aún así importa votar masivamente. Estar presente en el acto eleccionario, depositar en la urna el sobre vacío o con un respetuoso papel en blanco, es poner en evidencia que hay un deseo de República, de participar en la polis, en la cosa pública. Obrar por omisión o insultar el acto es darle pasto a las fieras. La respuesta silenciosa y masiva es presencia y deseo de un orden institucional que deberá ser escuchado.


1. Foucault, M. : “La crisis de la medicina o la crisis de la antimedicina” en La vida de los hombres infames, Las ediciones de La Piqueta, Madrid, 1990.
2. Illich, I.: Némesis médica, págs. 47-48, Joaquín Mortiz/Planeta, México, 1984.
3. Illich, I.: Op. Cit., págs. 57-58.
4. La primera referencia de este concepto la expuse en el capítulo que escribí para El guardián de los vientos. Reflexiones interdisciplinarias sobre ética en Medicina (Catálogos, Buenos Aires, 1998) y la más reciente y ampliada se puede consultar en Clínica de la subjetividad en territorio médico (Letra Viva, Buenos Aires, 2002).
5. Gobierno ungido al poder, es preciso recordarlo, porque votamos ilusionados con una alianza de ocasión y para evitar el retorno de Menem.
6. El rechazo a la participación en la pólis por medio del voto fue evidente también en los Estados Unidos. Por eso fue la Corte la que ungió a Bush (h), un “fascista semianalfabeto” según el crítico literario Harold Bloom. Y hace pocos meses, en Francia, el pueblo votó masivamente en la segunda vuelta porque advirtió que su omisión ciudadana podía llevar a Le Pen al poder.
 
 
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