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   Psicoanálisis y propiedad

Homenaje
  Por Álvaro Couso
   
 
Dadas las virtudes que se exigen a los sirvientes ¿conoce vuestra excelencia muchos amos que sean dignos de ser criados?
P. A. Beaumarchais
¿Cuál puede ser la duración de una escultura cuando la encarnan no estatuas, sino seres vivos amenazados de muerte?
C. Fuentes

¿Cómo podría hablarse de la “propiedad” a partir del discurso del psicoanálisis, a partir de una práctica y una teoría que consideran al sujeto como efecto del lenguaje? ¿Qué podría atribuirse como propio, a ese que es marcado desde sus orígenes por la alienación en la imagen del otro, que es determinado por el deseo del Otro, y que no resulta más, que de la castración que sobre él pesa? ¿Cómo podría concebirse alguna posesión que no esté sobredeterminada por la mítica conciencia de sí, por el goce del cuerpo, la repetición y el padecimiento de sus síntomas? Si nos despojamos de los irremediables efectos de lo imaginario, ese que nos pone en la creencia de un yo que nos da consistencia, de ese cuerpo que como decía, se detiene en el límite de la piel, qué podríamos referir como propio. En el transcurso de la vida se acumulan fetiches, y cuando esta concluye, existe el derecho de herencia que por el inevitable advenimiento de la muerte, propone que esos objetos, títulos, u honores, sobreviviendo, se instauren a partir de la letra en entes que trascienden el tiempo. Estos legados dan soporte a una relación con el nombre de quien los detentaba, determinando un nudo particular entre ellos y ese nombre, instituyendo un singular vínculo entre aquellos objetos que tienen la particularidad de portar el nombre de quien los ha creado y sus circunstanciales poseedores, convertidos en mercancías circulan. “Adán y Eva” de Durero, o “El jardín de las delicias” del Bosco pertenecen a El Prado, “La Piedad” de Miguel Ángel, el “Hermes” de Praxíteles a los museos Vaticanos, el “Nacimiento de Venus” de Botticelli a la “Galería de los Uffici”, la “Puerta del Paraíso” de Ghiberti realizada expresamente para el Baptisterio véneto, como tantos otros miles de objetos compuestos a solicitud de la Iglesia, o a la demanda de los mecenas que con su padrinazgo permitían vivir a los artistas. Sería innumerable su recuento... Es esta la particularidad de la obra de arte; el nocturno N° 19 en mi menor, Andante, de Chopin, se encuentra bajo los derechos reservados de Naxos of America desde 1989, o el “copy right” de la “La divina comedia” de Dante Alighieri, en su versión española, lo posee la Editorial Cátedra desde 1996..., las obras de arte, los útiles, los descubrimientos, cualquiera sea el registro al que hagamos referencia, todos ellos han tenido su origen en alguien que en un momento los creó, los puso en serie con otros y transcurrido el tiempo no borró su marca, si hacemos del nombre y el estilo su único distintivo. Por ello, como he sostenido en otro momento, W. Faulkner es El sonido y la furia, como la 9° Sinfonía en re menor opus 125, es Ludgwig von Beethoven. Obra y creador al identificarse en el signo con que trascienden se inscriben simultáneamente en la cultura, sin embargo, es necesario recordar que el título de la novela del escritor americano está tomado de unos versos de Shakespeare y que la “Oda a la alegría”, el movimiento coral con que finaliza la sinfonía el maestro alemán, es una composición de F. Schiller, a partir de lo cual podríamos inferir que lo más propio de la identidad porta al otro en su esencia. Esa alusión que designa la obra más allá de su nombre propio, de aquel con el que el autor la ha denominado, la inscribe en esa particular relación que va más allá de quien la crea o la posea. El “de”, la preposición que indica pertenencia, procedencia, ese que caracteriza la filiación no define sin embargo la posesión. Apelar a estos signos reconocibles de la cultura no tiene otra finalidad que la de mostrar esa particular confluencia. Confluencia que permite el deslizamiento metonímico en una sucesión que prolifera, generando conjuntos heterogéneos que son agrupados tan sólo por el rasgo del nombre de su creador. Sin embargo mi intención en esta comunicación se estructura en las antípodas de estas referencias. Salvo reducidos casos en los que el autor de un acontecimiento se haya advertido acerca de la trascendencia de lo que realiza, su obra se despliega más allá de él. Empujado por su deseo, por sus pulsiones, quien compone, pinta o libera una comunidad de la opresión de un tirano, no se encuentra en relación consigo mismo, sino con su objeto. Excepto quienes como Joyce, apostaron al destino de su creación y consiguieron los fines buscados, todos los otros hicieron lo que no pudieron dejar de hacer, trascendiendo o no en su producto.

El texto que voy a desplegar se organiza a partir de dos ordenadores que estructuran su relato. El primero de ellos es un hecho de palabra devenido letra que emblematizó a su emisor, generando una singular idea de la representabilidad; el segundo constituyó un acontecimiento que desarrolló toda una comunidad como efecto de la invasión militar que realizara una potencia enemiga a los territorios de las colonias del Río de la Plata. En ambos casos será en derredor de J. G. Artigas que el testimonio toma su cuerpo. De ese hombre cuyos detractores más enconados llamaron “sanguinario perseguidor” como dice de él Rivera a Ramírez, o “tenía los instintos feroces... la hipocresía solapada del gaucho malo y el orgullo exagerado...” según aduce Mitre. Sarmiento lo definía como “el patriarca de los caudillos del degüello y la barbarie”. Lombroso trató de descubrir los rasgos de la criminalidad en el rostro que le inventó Blanes. Coincidentemente, para Posadas, será “bandido incorregible, delincuente, perjuro, ingrato”, etc. Todos estos epítetos fueron el resultado de no haber cedido, de no someterse a los deseos de la Junta. Por no retornar al redil del amor al padre, a la tutoría de la “madre patria”. Pues proclamó que las colonias, “están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de España”. En el mismo momento que la dirigencia porteña proyectaba convertirlas a la dependencia inglesa o restituir una monarquía constitucional bajo la tutela de España. Expresaba Alvear “estas provincias son inhábiles para gobernarse a sí mismas y necesitan una mano exterior que las dirija,... desean pertenecer a Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno, y vivir bajo su influjo poderoso”, en cambio Belgrano y Rivadavia escriben a Carlos IV, “ninguna otra forma de gobierno, salvo la monarquía, está de acuerdo con las costumbres del pueblo y ningún otro príncipe extranjero puede dar tanta seguridad...” Entre ellos fueron irreconciliables los deseos, sus sueños, los intereses.

Inaugurando el Congreso de Representantes a la Constituyente de 1813, Artigas sostuvo: “Mi autoridad emana de vosotros y cesa ante vuestra presencia soberana.” Puso de este modo, como nadie antes que él, su disposición a mantener su liderazgo siempre y cuando éste fuera sometido a los designios de sus representados. Si la autoridad emana y cesa ante el Otro, su realidad es tan circunstancial como su propio ejercicio. El poder así constituido no tiene consistencia “per se” y los actos que de él son producto tienen como origen, no la arbitrariedad de un hombre sino la voluntad de un pueblo. Despojado de toda atribución, no reclama para sí ninguna facultad que exceda su compromiso. Es esta la puesta en suspenso de la jerarquía y de las potestades en su máxima expresión, detentadas tan sólo con relación a la demanda que el Otro le propone. No constituyó esta proclama una renuncia melancólica o una repuesta masoquista, esta posición es de un desprendimiento narcisista, un despojarse de toda veleidad, de toda vanidad sin parangón, sin la infatuación de quien cree lo que es, sin la creencia que lo haría convertirse en un personaje. En la convicción de sus actos, avanza.
Sería ingenuo, si no sospecho otras intenciones, si no tomo en cuenta el lugar desde donde el jefe de los Orientales ha hablado, sería imparcial si omito que aquellos representantes a los que se dirigía eran conspicuos ciudadanos de esas tierras, sin embargo lo cierto es que esas han sido sus palabras y a ellas se atiene, fueron las que lo condicionaron hasta el fin de sus días. Es esta la relación que este particular caudillo tiene con los hombres a los que representa. Oferta veinte “instrucciones” que portarán los delegados elegidos en esa asamblea a los dos Congresos, las mismas pueden agruparse según cuatro principios: a) la soberanía: “pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas Colonias...”, b) el modo de gobierno: “la Constitución garantizará a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicano”, c) el federalismo: “ cada provincia formará su gobierno... a más del gobierno general de la Nación” d) libertades civiles: “el despotismo militar será precisamente aniquilado”; comerciales: “que el puerto de Maldonado sea libre para todos los buques”; religiosas “en toda su extensión imaginable”.

Dos años después, suma a otros decretos el “Reglamento del 10 de septiembre de 1815” en el que condensa las medidas más radicales de todas sus disposiciones. En él decreta el reparto de tierras: “Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos”, se confiscan sin indemnización, “con prevención que los más infelices serán los más privilegiados... los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados en suerte de estancia”. Encuentro en este punto tal vez la mayor falencia del pensamiento artiguista, el héroe de las Piedras no es por principio un abolicionista, no brega por la libertad de los esclavos, excepto por aquellos “que luchan por nuestra causa”, como escribe en su momento al Gobernador Silva. La esclavitud, producto del despojo de la libertad, podía anularse por el compromiso con dicha libertad. Al remitirnos a las cifras, puede constatarse que de los treinta mil habitantes que se contabilizaban en la época, seis mil estuvieron en condiciones de recibir este beneficio. Por último: “Después de la posesión serán obligados los agraciados a formar un rancho y dos corrales, si esto no hicieren o descuidaran la propiedad “el terreno será donado a otro vecino”, deduciéndose de ello que lo que se otorgaba no se constituía en un patrimonio particular, en una propiedad privada, sino que su posesión dependería del modo que se lo explotara.

Desde la demanda de independencia pasando por el modo de gobierno a esta particular distribución de la tierra, todo gira en un movimiento excéntrico, todo parece estructurase en formas que dejan a sus protagonistas al borde de su responsabilidad, responsabilidad de la vida, de las leyes bajo las que vivir, del suelo que se habita y del sustento que de él se obtenga.
No siendo ésta la apología de un hombre, pero considerando un paradigma sus actos, me desplazo por ellos al segundo ordenador anunciado. Se trató del éxodo. Ante el avance del ejército portugués y recurriendo a una estrategia singular, la tropa, las familias patricias, los indios, los gauchos, abandonaron sus tierras, “toda la Banda Oriental, me sigue en masa” escribe Artigas a Galván. Como el Éxodo del pueblo hebreo, tal como es relatado en el texto bíblico, la migración es producto de la opresión y del padecimiento que conlleva, pero mientras Moisés, perseguido por defender a su hermano contra el avasallamiento egipcio, recibe la revelación de Yahaveh, quien le ordena y le provee de los poderes para convencer a los ancianos y a sus conciudadanos a salir de Egipto, garantizando el éxito de la empresa, nada de esto podían anticipar los “orientales”. Moseh, el salvado de las aguas, ese hombre “ambicioso” como lo describe Freud en “Moisés y el Monoteísmo” “torpe de lengua” como se declara, será el elegido para transmitir la palabra de su dios. Yahaveh hablará a través de él: “ yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir”. La palabra de Moisés trasformada en palabra de Dios lo hace infalible. Exhibiendo el poder divino ante el faraón, hará, tras las plagas con que azota al pueblo egipcio, que éste se someta a sus designios. Contrariamente al ofrecimiento de la Tierra Prometida en el relato sagrado, encontramos la pérdida, el abandono de su tierra para los gauchos que migran siguiendo a su conductor, a la omnipotencia divina, la “redota” como la llamaron esos viejos y nuevos indigentes...

Alrededor del año 1350 a. C. “partieron de Ramsés hacia Sukkot, unos seiscientos mil hombres de a pie... y grandes rebaños de ovejas y vacas. De la masa que habían sacado de Egipto cocieron tortas ácimas.”
En el año 1812 contándose entre cuatro y dieciséis mil los que migran. “...unos quemando sus casas y los muebles que no podían conducir; otros caminando leguas a pie,... mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes, acompañan esta marcha manifestando todos la mayor energía y resignación, en medio de todas las privaciones” constata Artigas. “Toda la campaña queda hecha un desierto” escribe Rondeau, saben que “despoblando el país, con su ausencia derrotaban al enemigo”. Marchan, incluso ante la oposición de su “Jefe”. En enero cruzan el río Uruguay. De este modo lo relata Zorrilla: “los hombres a nado o agarrados a la crin o la cola de los caballos; las familias en hombros o en balsas, o en pelotas de cuero... las familias; las tropas después; Artigas por fin, con su Estado Mayor”. Durante la larga travesía se producen partos, casamientos, muertes...

Si la circuncisión fue la marca que diferenciaba al pueblo elegido –como dice el historiador Meyer, citado reiteradamente por Freud en el texto antes nombrado–, y lo que permitía que no se mezclaran o confundieran con otros pueblos, fue el Éxodo la prueba que demostraba la verdad de tal elección, la memoria lo instala en la cultura, y una fiesta, Pessah, recuerda la salida de Egipto.
Para los orientales en cambio, el triunfo de los intereses porteños, las desavenencias entre los caudillos federales, las traiciones, los fracasos militares, sólo les trajo el olvido. Años después, el Jefe, decepcionado, derrotado, se exilia en el Paraguay, Acevedo lo recrimina: “al asumir una actitud excluyente, que sólo admitía la victoria o la muerte, demostró que era inferior al propósito concebido pues no supo vencer ni morir en la contienda”. El bronce no le daría la inmortalidad por el sacrificio no cumplido. No era un dios, sino un hombre, que llegó “desnudo, sin más vestuario ni equipaje que una chaqueta colorada y una alforja” pidiendo asilo, acaso “un bosque donde vivir”, al dictador Francia, que no le perdonaba la coherencia de sus ideas.
Si la primer experiencia dio origen a una religión, y generó las bases de la civilización occidental, creando con el complemento del Cristianismo el mayor movimiento de masas, la segunda se desvaneció en la historia, pues no creó más que un mensaje ético a las generaciones que se sucedieron al oriente del río Uruguay.

Dedicado a José Couso, Manuel Lingeri, Juan C. Carrasco, Pablo Grinfeld. (A.C.)
 
 
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