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   Colaboración

Por Silvia Nora Lef
Acerca de una Emet del texto “Transmisión y Talmud”: el Lacan judío [XXXI]
 
   
  Jacques Lacan, un analista transformado con el devenir en talmudista enuncia: “(…) ¿cómo se escribe una Guemará? Un poco a la manera en que Freud –me disculpo un poco– retoma cada frase del texto que él eleva a la dignidad de sagrado, escribiendo en itálicas, para hacerlo seguir de las asociaciones que se le atribuyen. A la manera en la que Freud sueña sobre el sueño”. El día 8 de Julio del año 1978 nace el Lacan iehudi/ibrí en el Congreso de la Escuela Freudiana de París. En efecto, este moreh/maestro analista deviene judío a partir de esta presentación. En la clase única acerca de los Schemot/Nombres del Padre, hacia Noviembre de 1963, había ya incursionado en este noseh/tema de transmisión, donde la oralidad y su Talmud/versión oralizada de la Torah/Ley judía, retornaban desde una consideración del sujeto/noseh que habría de transferirse vía masoret/tradición desde su límite/Brit Milá. La Ley judía se erige como eminentemente ética. Su pivote central es la Letra, la Palabra que crea y recrea, vez a vez, el status quo de lo real. Límite inasible, inefable, impensable aunque cierto y audaz. Límite que marca el hiato estructural constitutivo entre lo infinito y el ser hecho de la Adamá/humus, en cuyo cuerpo habrá de latir el monumento simbólico de la falta. Incompletud, falibilidad, terrenalidad, pasibilidad de defecto, ausencia de perfección. Cuerpo del varón que rememora, vía su transcripción simbólica del Brit/Pacto Milá/Palabra/Letra a la Torah/Ley judía. Ley que se transmite por la vía oral, de generación en generación, de Padres/Abot/Patriarcas a Banim/Hijos/descendientes de dorvador. Ley que atraviesa la existencia humana y que también alcanza, de otro modo, a las Imaot/Matriarcas, a las Banot/hijas/descendientes mujeres. Ley que se sostiene sobre una identidad con soporte cuatripartito: paternidad-maternidad/filiación/femenino/masculino.
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   Colaboración

Por Alejandra  Ruiz
Políticas de la lengua en psicoanálisis (1)
 
   
  ¿Cuál es el estado de la lengua en el psicoanálisis hoy? ¿De qué modo incide tal problemática en la publicación de una revista? Para intentar responder a estas preguntas, vamos a hacer un breve recorrido a fin de cernir las posiciones que, en esta materia, han tomado quienes nos precedieron, a fin de extraer de allí alguna enseñanza. Freud inventó el psicoanálisis recurriendo a varios niveles de lengua: estos niveles, puede decirse, respondían a diferentes interlocutores. En aquellos tiempos inaugurales, lo que se hablaba “entre analistas” era permanentemente agujereado, fisurado, descompletado, por lo que esos mismos analistas hablaban con no analistas, ya fueran señoras paquetas, licenciados, locos, pacientes o abogados a los que se les atribuía un modo de pensar. Este interlocutor lego2, numerosas veces convocado por Freud, era una ficción operante que implicaba un trabajo de traducción de los términos teóricos a palabras de la lengua cotidiana, trabajo que implicaba, en forma simultánea, una modificación, un avance, en esos mismos términos. Esto quiere decir que no era una comunicación que simplemente siguiera un mismo sentido, desde una lengua de especialistas a una lengua del lego, sino que estos movimientos permanentemente redefinían y desestabilizaban los términos teóricos mismos. Lacan también construye la lengua de su discurso desde el punto de vista del interlocutor, en numerosas ocasiones le habla en su lengua y con sus términos.
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   Colaboración

Por Diego Tirado C.
¿Qué lugar para el Amor en los tiempos del empuje al Goce?
 
   
  La clínica actual nos muestra un movimiento, un empuje de las mujeres hacia una forma masculina de gozar. El amor, que otrora era el tema que ocupaba a las histéricas se ha vuelto secundario en relación a las formas contemporáneas de gozar y vivir la sexualidad. ¿Cómo poder acceder al amor si la mujer no ocupa el lugar que le corresponde dentro de las lógicas de la vida amorosa como objeto causa de deseo? Si las histéricas hacen de hombres entonces estamos perdidos… si no causan el amor en los varones entonces el amor quedará sustituido por el empuje al goce, el amor será un mito. Si los lazos son cada vez más frágiles, ¿cómo construir una verdadera relación? Los varones con su forma fetichista de gozar y las mujeres entrando en competencia con ellos en el campo de la sexualidad, demostrando a los varones que también pueden gozar de ellos y no involucrarse emocionalmente producen una degradación generalizada del amor. Y si la degradación de la vida amorosa era un tema del varón, ahora las mujeres también degradan la vida amorosa al buscar una vida gozosa sin implicación, sin causar deseo, sin lazo entre sujetos. Ya no se trata de “dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”. Se trata de usar y desechar. Estamos en la época del “Amor líquido” como diría Bauman, para nada consistente, donde un cuerpo es equivalente a otro. Son sólo encuentros sexuales, anónimos o por acuerdo, con “amigos con derechos” o totales desconocidos. No hay lazo que los una, no hay vínculos… “solo negocios”, se saca provecho, se obtiene el plus y se continúa con el siguiente partenaire anónimo de goce.
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   Comentario de libros

Por Juan Vasen
Investir tras ser embestida
  de Marcela Altschul (Letra Viva, 2011)
   
  Lo primero que quiero decir es que este libro nos relata una práctica que más que de la cura (término que heredamos de la medicina) tal vez deba ubicarse más ampliamente como una práctica del cuidado. Del cuidado de una subjetividad en serios riesgos y una práctica que suponía tomar ciertos riesgos. Lo segundo, es que es un libro cuidado, en sus objetivos pero también en su edición y su escritura. Marcela relata con riqueza y suspenso sus encuentros, reflexiones e intervenciones. Es un libro que no embiste pese a su tersa dureza. Acompasamiento que no elude, sobre el final el planteo de si su testimonio no parece una versión novelada, como si sólo la ficción pudiera admitir lo que allí era relatado. Ningún problema habría en considerar las cosas de este modo. Freud planteaba que sus historiales debían ser leídos como novelas. Y él novelaba muy bien. Marcela nos presenta su testimonio novelado como una bitácora, el relato de una navegación que por momentos avanza a plena vela pero que en otros debe enfrentar cantos de sirena, arrecifes y encalladuras. El barco está a punto de desalojar a sus tripulantes en varios momentos, enfrenta motines familiares y la tentación de arrojar su carga al mar. Pero esta expulsión es detenida por la ética de su capitana.
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   Colaboración

Por Sergio Zabalza
Presencia y ausencia del amigo
 
   
  La palabra amistad guarda un sabor dulce, una mezcla de ternura, bonhomía y pícara complicidad. Quizás porque su sola mención evoca ecos entrañables de la infancia, esos primeros escarceos por el mundo, cuando la presencia de un compañero habilitaba desprenderse de la tutela de los padres. En efecto, transcurrir una tarde o, quizás pasar la noche, en la casa de un amigo, no sólo suponía insertarse por unas horas en un ámbito nuevo y desconocido, sino que al mismo tiempo, posibilitaba reconocer el propio ruedo. Así, la presencia del amigo permitía advertir algo de nosotros mismos desde un cristal muy diferente al que podían aportar los adultos o un hermano. Los primeros, porque su mayoría de edad implica una insalvable disimetría, los segundos porque, para bien o mal, ya están allí, impuestos por las circunstancias. En cambio, el amigo, supone una decisión singular: la elección de alguien que, por alguna razón, casi siempre desconocida, alberga en nuestro corazón un aspecto de entrañable intimidad. “El amigo no es un otro yo, sino una alteridad inmanente en la mismidad, un devenir otro de lo mismo”, dice Giorgio Agamben en su texto sobre La Amistad.1
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   ¿Qué hay de nuevo viejo?

Por Mario Pujó
… y el nuestro
 
   
  «El inconsciente freudiano y el nuestro», titula J.-A. Miller la lección del 23.1.64 de Jacques Lacan, la segunda del Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Se trata de un seminario especial, el primero en ser oficialmente establecido y editado por Seuil, sostenido en las circunstancias de lo que Lacan denomina su “excomunión”, comparando su suerte a la corrida por Spinoza en el S. XVII. Por fuera del armado instituido originariamente por Freud para la formación de los analistas, Lacan prosigue su enseñanza [“solo como siempre estuve en mi relación a la causa analítica”], introduciendo en ella un giro singular. Reafirmada la especificidad de la huella freudiana, no se trata ya de proseguirla bajo los auspicios del “retorno a Freud”, sino de desplegar las articulaciones que permitirían formalizar su propia experiencia como analista en términos nuevos. Que no pueda hacerlo sino desde una posición analizante es una consecuencia de esa experiencia, como lo es, en ese marco, la distinción entre el inconsciente nombrado como freudiano “… y el nuestro”, lo que nos sitúa ante una cuestión no menor. La lectura del inconsciente a la luz de la función de la palabra y la estructura del lenguaje establece una partición de aguas y hasta alguna simplificación, en la dinámica del afecto y la representación que tematiza el retorno de lo reprimido en la clínica freudiana. “Gedanken”, subraya Lacan en Freud, “pensamientos”; pensamientos impensados, pensamientos sin pensador, pensamientos que jalonan la vida del sujeto con el rigor de un destino.
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   Saber de la historia

Por Mauro  Vallejo
El niño freudiano, Jones y la novela familiar del neurótico
  Epílogo de genética textual (segunda entrega)
   
  UNO. Todo esto gira alrededor de los caminos a través de los cuales el texto psicoanalítico moldeó uno de sus objetos esenciales: el niño. Y sobre ello queda aún mucho por escribir. Hasta tanto no se estudien con detalle las extensas publicaciones de Freud acerca de las enfermedades nerviosas infantiles –aparecidas entre fines de 1880 y 1897, no recogidas en sus Obras Completas y jamás traducidas a nuestro idioma–, no nos queda más opción que empezar por los textos que sí conocemos: sus cartas a Fließ y sus ensayos de la década de 1890. La vez pasada vimos que el primer niño freudiano atravesó dos fases: en la primera, que coincide con la acuñación de la teoría de la seducción, él no era más que la superficie vacía sobre la cual recaían los ataques de los adultos perversos; una segunda etapa no se hizo esperar, y el texto dotó a nuestro personaje de nuevos atributos: fantasías e impulsos (en un comienzo exclusivamente hostiles). Ambos atributos compartían un rasgo esencial: ellos resultaban de las escenas traumáticas. El ansia de matar a los padres, y la fantasía de no descender de ellos, constituyeron la moneda con que el niño de la seducción devolvió a los mayores el trato recibido.
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   Problemas y controversias

Por Juan Bautista Ritvo
Salto y aserción
 
   
  Se suele decir que no es lo mismo inferir –es decir, deducir de premisas una o varias conclusiones, colofones, corolarios–, que asertar, es decir, afirmar la conclusión. Por ello se puede prestar asentimiento a razonamientos débiles y, al revés, negárselo a los fuertes. Pero todo esto es válido desde la psicología de la conciencia, porque si intervienen los procesos inconscientes y las decisiones del sujeto, es preciso advertir que si se presta asentimiento a un razonamiento supuestamente débil, es porque hay, censurada, otra cadena argumental, de naturaleza bien diferente, disimulada en la aparente. Es que el asentimiento no está en el mismo plano que la inferencia que parte de premisas y arriba a una conclusión según un régimen formalizado con proposiciones que adopten la forma de sujeto y predicado o bien, como propone la lógica desde Frege, la de argumento y verbo1. En su Conceptografía Frege sitúa en primer plano la noción de juicio. Dos expresiones que difieren léxica y sintácticamente,2 presentan el mismo contenido judicativo3. Él propone eliminar todo lo que implica la retórica, es decir, la interacción entre el oyente y el hablante, para que en la sucesión de proposiciones –cuya estructura es f(x)– se descarte todo lo subjetivo y así sólo se considere un juego de consecuencias.
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   Entrevista

Por Emilia Cueto
Psicoanálisis y ceguera
  Entrevista a Cristina Oyarzabal
   
  En Torcer el destino señala que “El ojo es solo una ventana que puede estar cerrada sin que el encéfalo deje de estar pletórico de imágenes que otorgan al hombre el panorama de un mundo visual” ¿Se podría decir que los ciegos ven? Para responder a esta pregunta tendría que hacer un breve recorrido histórico. En el siglo XVII Diderot, –retomado por Lacan dos siglos después– en su famosa Carta sobre Ciegos para uso de los que ven, habla de una óptica posible para los ciegos. En la actualidad hay investigaciones científicas muy interesantes que afirman que el cerebro posee “visión ciega”, es decir, el cerebro inconsciente procesa información visual aunque hayamos perdido la capacidad de ver. Estas investigaciones corroboran la antigua hipótesis freudiana acerca del procesamiento de información que ocurre en el cerebro a pesar de que no nos demos cuenta; son los “procesos inconscientes” del cerebro. Es decir que, probablemente, existan rutas alternativas de procesamiento visual que funcionan inconscientemente. También, Lacan refiriéndose a la función de las imágenes y al espacio geometral de la visión, sostiene que puede ser reconstruido e imaginado por el ciego ya que la perspectiva geometral es asunto de demarcación del espacio y no de la vista. El ciego comprende que el espacio puede percibirse a distancia y simultáneamente le alcanza con aprehender una función temporal: la instantaneidad. La representación interna del espacio es la más compleja de todas las representaciones sensoriales, porque –a diferencia de los otros sentidos– no tiene un órgano sensorial específico.
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   Presentación

Por Alberto Santiere
Presentación de Transferencia y empatía
 
   
  En el contrapunto imaginado por Irvin Yalom entre Nietzsche y Breuer –producto de la consulta del filósofo por su hemicránea (migraña)–, el médico insiste aclarativamente y con preguntas acerca del beneficio de la enfermedad. Un Breuer fascinado por su consultante apuesta a profusas explicaciones, y el novelista Yalom escribe una frase asaz inteligente: “Breuer supuso que se sentiría seguro tras la barricada que había levantado”. Es que nuestra labor nos confronta con la dificultad de soportar la transferencia y a la necesidad de crear formas de intervenir que conmuevan sin caer en artilugios imaginarios sugestivos.
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   Transferencia y empatía

Por Raúl Yafar
La opacidad de la Transferencia y el Acto Analítico: ese momento inconfundible
 
   
  En la clínica psicoanalítica hay un momento inconfundible. Es el clima amenazante de la repetición que Freud ubica “más allá” del principio del placer. Esa es la zona más opaca del psicoanálisis. Se da en ella la siguiente paradoja: desde el punto de vista de la práctica cotidiana, es decir, del trabajo que hacemos día a día, tiene una importancia tremenda. Pero, por el contrario, desde el punto de vista estrictamente teórico-clínico no termina de encontrar una articulación lo suficientemente precisa, sino que se dispersa en variantes que parecen no relacionarse entre sí. Nuestro intento es dar una vuelta más sobre esa opacidad, arrojando un rayo de luz, al menos, intermitente. Pero bien espeso… y específicante. Hemos aprendido de la experiencia que el analizante ha asociado y asociado, pero llega un momento en el que ya no rememora más. El saber tiene entonces sus límites. Hasta ese momento el saber surgente había producido una sensación de logro, reinaba una sensación de expansión y crecimiento, debida al recorrido positivo del trabajo. Este clima Freud lo resalta muy bien, inclusive llega a decir que, cuando hay un importante retoño in­consciente y aparece el nuevo material, la atmósfera de ganancia es tal que parecería que todo es posible.
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   Transferencia y empatía

Por Alicia Hartmann
Empatía, el arte de producir discurso
 
   
  “Me parece que usted conoce el Uruguay, ¡me costaría analizarme con alguien que no tuviera empatía con mi tierra!”; dice así una analizante que ha recorrido varios consultorios buscando “ser comprendida”. En su periplo de búsqueda en el “mercado”, hasta el momento nadie ha podido generarle el comienzo de una transferencia. Frente a este comentario hago un fugaz gesto de asentimiento y ella prosigue, “y parece que ese problema es el de mi tierra, ya que estoy aterrada… ”. Pienso: ¿habrá leído Lacan en los seminarios 5 y 6?, creo que el 6, en ese momento no recuerdo, si es así, era “El deseo y su interpretación”; pero sí es importante que frente a su fobia grave que ella ubica desde que vive en Buenos Aires, gira en torno a la prevención del deseo. También pienso fugazmente en esa idea de Freud de “Iniciación del tratamiento” que invita a separar la sugestión que acompaña a toda transferencia. Siempre me pregunté por la sugestión, cómo se la reduce cuando la asociación libre toma cuerpo, podríamos pensar provisoriamente que Lacan resuelve el problema con sus tres registros dando lugar a la llamada transferencia imaginaria. Maravilloso descubrimiento de Lacan poder aplicar los registros a distintos conceptos de la cura. Un niño de 10 años, bastante resistente a la apertura de su inconsciente, modela un enano y un gigante. El gigante asusta al enano, ficcionaliza la escena de temor y me atrevo a interpretar el miedo que le tiene a su papá cuando grita desaforadamente. Digo: “así se asusta el enano frente al gigante”. Me responde: “¡Me entendiste!”, “¿querés que te cuente un chiste?”, dice a continuación, y sin esperar viene una seguidilla de chistes-adivinanzas donde, con mucha gracia, logra hacerme reír.
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   Transferencia y empatía

Por Isidoro  Vegh
De la imaginaria empatía
 
   
  El ... griego sirvió a Lacan para nombrar de otro modo –“me desvivo por decirles lo mismo de otro modo”– la mediación necesaria entre la palabra y el cuerpo. Saltando siglos y milenios, Vorstellung fue el término que opuesto al mundo, Die Welt, como su representación reconocía en Das Wille a la voluntad de la especie que excedía a la que era, en la conciencia, supuesta voluntad del sujeto. Schopenhauer1, citado por Freud en “Más allá del principio de placer”2, anticipó las tesis cruciales del psicoanálisis para las cuales el encuentro de la conciencia y sus representaciones, con el mundo y sus objetos, no agota la esencia de sus efectos. La conciencia, desde una heterotopía que ignora, recibe las condiciones de su aprehensión. Ese topos ignorado por el sujeto, que no deja de enviar sus señales en lapsus, sueños, chistes, actos fallidos, Freud, el creador del psicoanálisis, lo llamó das Unbewüsste, el Inconsciente. Descubrimiento que nombra un saber, se compone de Vorstellung-Repräsentanz, representantes de la representación, significantes del signo decimos nosotros. Saber, conjunto articulado de significantes, en el molino del Inconsciente sufre la lógica y la retórica de este procesador. Sus efectos irrumpen en la pantalla de la conciencia que los ignora, los reprime o los advierte. Portadores del deseo, anuncian si son recibidos como mensajes que le conciernen, el buen sentido, vectorial, de los pasos a seguir.
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   Transferencia y empatía

Por Esteban  Levin
Del ruido mortal al eco musical: acontecimiento y transferencia
 
   
  Graciela es una niña de dos años. Presenta una enfermedad neurometabólica, lo que le ha ocasionado severas dificultades perceptivas y motoras. No camina, tiene escasa visibilidad, no habla ni puede tomar objetos. A nivel sensorio-motor, se presenta inquieta e inestable, realiza acciones sin gestualidad ni sentido. Se sienta y se mueve arrastrándose de un lado al otro sin detenerse frente a un objeto, una llamada, un gesto o una mirada. Es muy difícil relacionarse con ella. Sus manos llaman la atención, están lastimadas y constantemente se rasca el dorso de ellas hasta sangrar y sacarse la piel. ¿Cómo abrir una experiencia y un escenario diferente en la complejidad y el padecimiento en los cuales se encuentra Graciela? Durante las primeras sesiones, intento relacionarme con ella. Le presento objetos, acompaño los movimientos, la ayudo a ubicar su postura, evito que se golpee contra la pared o algún objeto. Graciela babea, se mueve en forma inestable y permanece indiferente. El único ruido que realiza notoriamente es el “E, E, E” en forma monocorde, constante, sin ningún sentido ni variación. Es un “E, E, E” solitario y aislado, que aparece en algún momento y vuelve a desaparecer. Luego continúa la acción. De pronto vuelve a reproducirse el “E, E, E” ensordecedor y asfixiante.
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   Transferencia y empatía

Por José Grandinetti
La ocasión de un “encuentro”
 
   
  El concepto de empatía y el concepto de transferencia son, a mi entender, la ocasión de un “encuentro” entre fenomenología y psicoanálisis que dista mucho de ser “feliz” y “armónico”, y desde ya mucho menos complementario. Nada de amor en esto, que cubra la falta en uno (el psicoanálisis) y en otra (la fenomenología). Tampoco nada de odio que la machaque y remarque nostalgiosa o quejosamente. El “encuentro” Freud-Husserl es el producto intelectual de una época donde desde ya no podría descontarse a Brentano. Recordemos que existe cierto paralelismo en la biografía de Husserl y en la de Freud. Los dos coetáneos de Moravia y ambos de origen judío. Freud del 1856 y Husserl nacido tres años después. Los dos fueron a la “escuela” de Brentano casi simultáneamente. Uno, Husserl muere en 1938, Freud un año después. Hijos de un “tiempo” común, que no necesariamente por ello fraternizan respecto de su “dirección”. Es que no importa tanto desde dónde uno parte sino hacia dónde uno se dirige, lo sepa o no. Husserl pone su acento y su focalización en la consideración trascendental de una conciencia –que como recordaba uno de los estudiosos de su obra, el español Joaquín Xiaru1–, tiene como finalidad primordial la salvación de la objetividad del mundo, y la restitución de su sentido “natural”, sentido que el positivismo le sustrajera. En sus lecciones de 1910/11 Husserl llegará a decir, tratando acerca de “La desconexión del propio yo” (pag. 136): “… Este mi tema debe ser exclusivamente la conciencia pura, y ante todo mi propia conciencia”2. Veremos, aunque sea de manera sumaria que la idea de “empatía” es en el idealismo fenomenológico de Husserl, la “llave” que permite la salida del “solipsismo”.
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   Transferencia y empatía

Por Daniel Ripesi
Transferencia, ruptura en el lazo empático
 
   
  La tarea clínica busca configurar un campo de experiencia en donde puedan suceder momentos más o menos “significativos”. Podríamos decir que en el encuentro clínico, paciente y analista se proponen encontrar (y no tanto buscar) ese tipo de momentos que podemos considerar “momentos analíticos”. En lo que sigue me referiré especialmente a los tratamientos en que esos “momentos analíticos” no eslabonan necesariamente un “recorrido lógico”, salvo que uno quiera tranquilizarse en algún sentido hablando de las alternativas propias de una supuesta “dirección de la cura”. En rigor, se trata de breves estallidos en ese lazo empático que progresiva y silenciosamente vincula a paciente y analista, momentos de ruptura en el devenir de los encuentros clínicos en los que cierta potencialidad subjetiva del paciente intenta realizarse. Sin embargo, durante largos períodos algo sujeta y evita la emergencia de esa potencialidad, algo que atenaza la presencia –tanto a la del paciente como a la del analista– a una repetición de pautas de orientación narcisista en el encuentro clínico1. Las intervenciones del analista –en ese contexto– son de estilo casi explicativo, estructuran argumentos que intentan esclarecer la operatividad de algún presunto “fantasma básico”, tomando algunas de las ocurrencias del paciente para otorgarles un valor “representativo” o “ilustrativo” de eventuales determinaciones subjetivas.
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