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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Por Mario Pujó
Causalidad cerebral y experiencia analítica
 
   
  El texto de Freud “Psicoterapia (tratamiento por el espíritu)” conserva una vigencia que merecería mayor reconocimiento en la interlocución que el psicoanálisis mantiene con las diversas prácticas que se proponen paliar el padecer humano. Aporta claves para posicionar al psicoanálisis frente a la medicina, y enuncia principios que anticipan la construcción de la doctrina freudiana. Muchas cosas han conspirado contra su correcta valoración, y, entre ellas, el horror a la palabra “psicoterapia” en el que hemos sido entrenados los psicoanalistas, para contrapesar el furor curandi que, se teme, podría embargarnos en nuestros inicios. Pero ha habido también confusiones editoriales: en su primera inclusión en los Gesammelte Werke de 1942, se le asignó como fecha de publicación el año 1905, haciéndolo contemporáneo de los Tres ensayos y el caso Dora, respecto de los cuales no podía sino aparecer como una suerte de regresión teórica.
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   Comentario de libros

Por Carlos Basch
Durcharbeitung del límite*
  Acerca de Saber del límite de Isabel Dujovne y Oscar Paulucci (Letra Viva, 2006)
   
  Hoy saludamos la aparición de un libro que convoca al debate sobre los modos de lectura de los textos y los relatos analizantes. Un debate que supone volver a formular la pregunta por el psicoanálisis. Y en efecto, desde su título; y en los sucesivos capítulos que lo conforman, el libro se eslabona en aproximaciones tentativas en torno a esa pregunta. De un modo no ordenado ni exhaustivo, paso a mencionar algunas de esas aproximaciones. El psicoanálisis –esto es, un psicoanálisis, cada uno de ellos, no menos que el corpus teórico que designamos con ese término– hace a la construcción de un saber que es saber de un límite, a la vez que límite al saber. En estos, nuestros tiempos de prevalencia de discursos tecno-objetivantes y empujes al consumo, el psicoanálisis se sostiene, a contracorriente de tal discursividad, en lo que bien cabe caracterizar como una ecología del sujeto. Así por ejemplo, en la perspectiva del llamado “discurso del analista”, que al poner en acto la imposibilidad apunta a dar relieve al resto que hace hablar; y en torno al cual se cifran los enigmas que causan el deseo. A dicha construcción de un límite al saber y a la preservación del sujeto que conlleva, les es inherente asimismo una ética que ante el tope a la rememoración y la representabilidad impone el sostenimiento de la escucha, en dirección al vacío del origen. De ello se sigue el vaciamiento del lugar de la causa; y consecuentemente, la puesta de relieve de un orden de repetición Otro que el que agobia nuestra cotidianeidad neurótica: una repetición en la cual, acorde a la caída de la novela familiar y de la religión del Otro, lo idéntico no ocluye lo desde siempre impar.
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   El psicoanalista lector

Por Pablo Peusner
"No retroceder..."
  Acerca de Psicosis no desencadenadas de Osmar Barberis. (Letra Viva, Buenos Aires, 2007)
   
  En la nutrida bibliografía psicoanalítica referida a cuestiones de índole teórico-clínico, pocas veces me he encontrado con un autor que defienda la noción de “psicosis no desencadenada” como lo hace Osmar Barberis. Esa firmeza, esa constancia, permite recorrer su libro con la tranquilidad que da saber que el autor está de nuestro lado: a lo largo de sus páginas nunca las “psicosis no desencadenadas” serán confundidas con la “psicosis clínica” ni con la “prepsicosis”. Lo interesante es que, tratándose de un trabajo que incluye un puntilloso recorrido por diversas teorías que han tenido algo para decir sobre el asunto, el lector no se pierde entre las referencias y las citas. Por el contrario, el mapa que traza Barberis está organizado por el subtítulo de su libro.
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   Colaboración

Por Daniel Rubinsztejn
Transitivo/intransitivo
 
   
  Introducción: ¿Qué significa que en el desarrollo del análisis el analizante alcance a nombrar, a articular el (su) deseo? El deseo está más allá de toda articulación y por eso insiste. Al nombrarlo, surge una nueva presencia en el mundo, sobre el fondo de una ausencia. La manifestación del deseo se produce en el empalme con la palabra. Este surgimiento habla de un tiempo fugaz de aparición del deseo. Antes no estaba, después tampoco. Habrá estado en el momento en que fue nombrado. El deseo es diferencia… entre el placer hallado y el placer buscado, su definición misma acentúa la diferencia, lo disperso, lo diverso –lo divertido–. Para Freud, dos tendencias regulaban el devenir psíquico: una busca la identidad de percepción, y otra la identidad de pensamiento. Buscando la identidad se encuentra con la diferencia que, en tanto tal, late. El corazón del deseo es esta diferencia que late, que pulsa. No hay nombre para el deseo, es innombrable. Hay incompatibilidad entre el deseo y la palabra. Es por ello que la paradoja es: el deseo es inarticulable, pero se articula en la demanda. Demandar tiene el sentido de pedir, también preguntar, y de exigir respuesta. Frente a una demanda (por ejemplo: judicial) no se puede aducir que no se está implicado. La regla de abstinencia implica que el analista sostiene la demanda, pero no responde a ella, y esta manera de tratarla –es una de las cuestiones más dificultosas en la dirección de una cura– es el deseo del analista como función. Sin abstinencia peligra la continuidad del análisis, su dirección.
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   Colaboración

Por Daniel  Zimmerman
El sueño del "hombre de las horas", revisitado
 
   
  Hablar de inconsciente es reconocer un saber sin sujeto; un saber que incomoda, pero que irremediablemente se nos impone. Freud descubrió la incidencia de este saber no sabido; Lacan reconoció su estructura articulada como un lenguaje. Sueños, olvidos, tropiezos del habla o la escritura, actos de término erróneo, sorprenden al sujeto rebasándolo en su intencionalidad. Algo habla en él, pero más allá de él; algo que, ajeno a toda concepción de armonía, hace oír su verdad. Pero el descubrimiento del inconsciente, además de apremiarnos a admitir que somos regidos por efectos de significante, nos incita a la vez a discernir cómo, en esos significantes, se encuentra capturado el goce sexual. Sus formaciones serán, entonces, el camino privilegiado para alcanzar el misterio de ese núcleo real que, imposible de aprehender, se comprueba sólo por ser legible. Releyendo a Freud: En el curso de sus “Conferencias de introducción al psicoanálisis”, Freud presenta a su auditorio un breve sueño para explicar la relación que se establece entre un elemento onírico latente y su sustituto manifiesto. Una de sus pacientes, que había perdido a su padre en el curso del tratamiento, encontró a través de sus sueños la oportunidad para hacerlo revivir. En uno de ellos, y en un contexto que Freud no especifica, el padre aparece y le dice: Son las once y cuarto, son las once y medía, son las doce menos cuarto
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   Colaboración

Por Jorge Baños Orellana
La novela de Lacan (quinta entrega)
  2. Orleáns, los potes y la peste (final)
   
  Foto en blanco y negro de vista aérea de un bulevar de acceso a Orleáns atravesada por la imagen movida de un auto. El bólido se esfuma por el ángulo inferior derecho del encuadre. Un hombre maneja llevando a su hijo a bordo. Así ve las cosas Alfred Lacan. La huida transcrita en taquigrafía de imágenes. Es que él pertenece a la primera generación de los que se ven en fotografía. Pero esa escena es sólo idea suya; Alfred continúa donde lo dejamos, en el pic-nic de los Dessaux, incómodo por su metida de pata. El mérito de volver a poner la acción en movimiento será de Jacques. El niño pretende que se cuente otra vez la fábula que no escuchó en la mesa de la noche anterior por estar castigado. Lo perdido, perdido está, responde Lorete con tono aleccionador, procurando que el sobrinito parisino no suponga que recuperará mediante ardides lo que con justicia le fue privado. Por otra parte, una historia dicha en versos no siempre es una fábula. Con circunloquios de catequista busca ganar tiempo; debe ingeniárselas para remontar la conversación familiar sin que el poema en cuestión, “Boz dormido”, abra puertas embarazosas al preguntón. Se impone eludir las líneas, apenas disimuladas por el obsceno Victor Hugo, en las que triunfa la lascividad juvenil de la moabita (“Rut no sabía lo que de ella Dios quería”), cuando logra montarse (“la sombra era nupcial”) a la vara generosa pero fatigada de Boz (“cuando el hombre es joven tiene mañanas triunfales / Pero un anciano se estremece como el abedul en invierno”). Mejor circunscribirse al producto final del relato, esquivando las adivinanzas sexuales de su desarrollo.
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   Entrevista

Por Emilia Cueto
Marta Gerez Ambertín
  Los registros de la culpa
   
  ¿Qué la llevó a interesarse en el estudio de la articulación de dos campos tan complejos como son el Derecho y el Psicoanálisis? Hacia allí me condujo lo que es el núcleo central de mi trabajo desde hace 30 años: el superyó y la culpa. Estando tales categorías freudo-lacanianas tan vinculadas al tema de la ley fue imprescindible ir hacia ese campo del Derecho, también interesado en la ley. Pero, mientras el Psicoanálisis trata de la subjetivación de la ley, el Derecho trata de la objetivación de la ley. En ese cruce de caminos me fui introduciendo y cada día hago nuevos descubrimientos. Por ejemplo, hemos constatado en el análisis de los expedientes judiciales, que de nada sirve imponer castigos a quien delinque, de lo que se trata es que haya un “asentimiento subjetivo” de la falta, que el reo se haga responsable de su acto, caso contrario el castigo sólo potencia el delito. Lo importante de todo este recorrido es que se fueron sumando a nuestro equipo de trabajo, abogados, jueces y profesionales que se desempeñan en el campo de la administración de la justicia en general, de Tucumán y Santiago del Estero, de Buenos Aires, San Luís, Mendoza y Santa Fe; y también de Brasil, Colombia, y México.
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   Problemas y controversias en el psicoanálisis

Por Juan Bautista Ritvo
El falo se dice de varias maneras
 
   
  I - Afirma Aristóteles en su Metafísica1 que tanto el ente (lo que es) como lo Uno se dicen de varias maneras; podemos agregar, a contrapelo de él, que si se dicen de varias maneras es porque resulta imposible decirlo de una sóla y única forma: apenas pronunciamos o escribimos esa supuesta manera-una, inmediatamente se torna equívoca. Sirva esta escueta referencia de introducción a la noción de falo, la que se ha naturalizado de tal manera que parece, entre nosotros, ir de suyo. Ocurre algo semejante a lo que sucede con el significante: nadie parece preocupado por él, ya que los enigmas se desplazan al mathema o a la escritura sin que se advierta que se ha producido, justamente, un desplazamiento. Así cuando hablamos de goce femenino y de su más allá del falo, los enredos y cortocircuitos provienen, qué duda cabe, en buena medida de la índole del tema; pero también agrega lo suyo (y en insospechada dimensión) que se haya transformado una noción tan compleja y problemática como la de falo, en elemento puntual, simple, incluso empírico.
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   El héroe trágico

Por Germán García
El milagro del síntoma
 
   
  No es raro que algunos cristianos consideren caduca la noción de milagro, mientras que otros se muestran ávidos de maravillas. Pero el milagro no es sólo un desafío a las leyes naturales, también tiene un carácter de signo: “Esta subordinación del milagro a la palabra distingue los verdaderos milagros de las artimañas operadas por los magos y los falsos profetas” (Éxodo 7, 12…). Pascal, por su parte, afirma: “Los milagros disciernen la doctrina, y la doctrina discierne los milagros”. “Bases neurológicas de la religiosidad”, es el título de un artículo de Hans-Ferdinand Angel y Andreas Krauss publicado en la revista Mente y cerebro (versión castellana, Barcelona, junio 2005). Allí se cuenta que la neuróloga Nina Azari realizó un experimento con doce voluntarios: seis se declararon ateos y otros seis cristianos practicantes. Era el año 2000, hacía dieciséis años que James B. Ashbrook (del Seminario teológico Garret de Evanston) había acuñado el término “neuroteología”, en un artículo aparecido en la revista de ciencia Zygon con el título “Neurotheology: The working Brain and the Work of Theology”.
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   El héroe trágico

Por Jorge Mosner
La cuestión del padre...de Edipo
 
   
  Freud denominó complejo del padre a lo que conocemos definitivamente como complejo de Edipo. Comentaremos primeramente un sueño que Freud analiza en La interpretación de los sueños, en el capítulo “Nuevos sueños típicos” con el título de “Representación de los genitales por edificios, escaleras y fosos”. Se trata del sueño de un joven que tiene un idilio inicial con el psicoanálisis y el psicoanalista. Luego presentará fuertes obstáculos a la cura. Freud consigna estas características que por nuestra cuenta señalamos como propias de la neurosis obsesiva. El paciente se auto-interpreta con abuso del simbolismo, “aprendió” los símbolos fálicos, de la vagina, el símbolo del coito, de la falta de erección, etc. Freud acepta la interpretación del paciente, es como si le dijera: “sabes de simbolismos, pero lo importante del sueño es un elemento que no es simbólico, es lo real de la hojalata con la que tu padre comercia, y el hecho, penosamente sabido por vos, de que se beneficia inescrupulosamente con maniobras comerciales incorrectas. Por eso, en el sueño, tu padre arranca un trozo de hojalata mirando a su alrededor, cerciorándose que nadie lo advierte”. Es el sueño de un hijo defraudado por el padre. La maniobra ilícita alude también a la masturbación porque en alemán “hacerse la paja” se dice “arrancarse una” (arranca la hojalata).
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   El héroe trágico

Por David kreszes
La elección deliberada de una ley inexorable
 
   
  El psicoanálisis se ha desplegado paradojalmente al calor de la tensión irreductible entre el mito y la lógica. Enraizado tanto en los ideales iluministas y cientificistas del siglo XIX como en los saberes populares, los mitos y la tradición trágica, supo leer en los saberes no científicos, en todo saber despreciado por la ciencia por precientífico, verdades y legalidades inherentes al fundamento –habría que escribir falta de fundamento– de lo humano. El descubrimiento de las determinaciones inconscientes no llevaron a Freud, a aminorar la responsabilidad del sujeto sino todo lo contrario. El fundador del psicoanálisis dejó para el jurista la tarea de establecer sólo a los fines sociales “una responsabilidad arbitrariamente restringida al yo metapsicológico”1. Su radical afirmación de que todos somos Edipo junto a la enunciación de un imperativo dirigido al sujeto que, insistiendo en su obra como un hilo rojo, incluye entre diversas y variadas formulaciones un “es preciso asumir la responsabilidad por los impulsos oníricos malvados”, nos introduce de lleno en las coordenadas de la culpabilidad trágica.
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   El héroe trágico

Por Leonardo Pinkler
"Nada más terrible que el hombre"
 
   
  “Muchas son las cosas terribles, y no hay nada más terrible que el hombre”. Tal es la expresión del más renombrado coro de la tragedia griega –Sófocles Antígona v. 334– que sintetiza la concepción trágica del ser humano en la palabra deinós (terrible) y resulta significativo que este adjetivo se haya traducido –y se siga traduciendo– por “asombroso” y “maravilloso”, tomando la acepción derivada y no el sentido primero y principal por obra de la lectura “humanista” que vio en el coro un canto al progreso humano, una admiración por sus logros culturales. Fue Martín Heidegger en el curso de 1935 –publicado con el título Introducción a la Metafísica– quien marcó claramente la tergiversación de tal interpretación y tradujo esta palabra (que en su etimología significa “que da temor”) por Unheimlich “pavoroso”, “siniestro”, profundizando en el sentido ambiguo del término y enfatizando el sentido propio de lo trágico, como “lo que nos saca de lo habitual” heimilich. Esta interpretación de Heidegger ha sido malinterpretada por Castoriadis, y el coro ha sido comentado por Lacan (que sigue en gran parte observaciones de Heidegger sin mencionarlo en el Seminario VII); y todo eso nos remite a la contemporaneidad de la reflexión del pensamiento sobre lo trágico, invitándonos al contacto directo con la fuente griega. El coro de Coéforas de Esquilo (v. 585) dice: “Muchos seres terribles –deiná– hacen crecer la tierra...” para referirse ya no al ser humano sino a las hembras –con alusión concreta a Clitemnestra y a otras mujeres asesinas llevadas por su deseo– y muestra una sentencia similar a la expresada posteriormente por Sófocles. En una y otra vibra el mismo sentimiento trágico que canta las cosas más terribles en lo que Nietzsche ha llamado “un pesimismo de la fortaleza “al preguntarse por la predilección griega por “las cosas duras, horrendas, malvadas, problemáticas de la existencia”.
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   El héroe trágico

Por Adriana Bauab
La tragedia del héroe moderno
 
   
  El mito del héroe trágico: sus antecedentes: De héros, traducido por el vocablo héroe al español, el Dictionnaire étymologique de la langue grecque, de P. Chantraine, refiere que es un término muy antiguo que se remonta a los orígenes de la civilización y que definía a personajes singulares, que poseían investidura de semidios o “dios local”. Esta carga semántica procede del culto a un ser humano al que tras su muerte se lo diviniza a causa de la nobleza de su proceder y, por lo cual, pasa a ser héroe de una región determinada.1 Este término que inspira respeto y veneración, recién en la Grecia del siglo V a.C. con las tragedias de Sófocles, adquiere propiedades que circunscriben el prototipo del llamado “héroe trágico”. ¿Y cuáles son esas características que definen al héroe trágico? Por más que hay multifacéticas peculiaridades en esos protagonistas de la tragedia sofocleana –como lo demuestran Ayax, Edipo, Antígona, Electra, Filoctetes–, todos ellos responden a un cierto canon que los identifica. Se trata de una criatura humana con ciertas cualidades que le hacen elevarse por encima de los demás y que funciona como modelo e ideal para el grupo al que pertenece, es alguien excepcional. La soledad en la decisión de su acto y el dolor moral, como resultado del castigo divino, son ingredientes indispensables en la identidad del héroe trágico.2
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   El héroe trágico

Por Roberto  Harari
Maradona:
  ¿un héroe trágico?
   
  I. - Por el hecho de tener psiquismo, todos nos sentimos autorizados a erigirnos en sus árbitros, y todos somos potenciales psicólogos silvestres, cuando no salvajes. Todos, por consecuencia, “estamos en condiciones de opinar”, “estamos en condiciones de creer o de no creer”. Freud aseveró que la disciplina inventada por su genio hería de muerte, y de modo irremediable, la infatuada soberbia de los humanos, por cuanto cuestiona, en cada uno de nosotros, y en cualquier etapa de la vida, su capacidad de autoconocimiento y de autodeterminación. Lacan, años más tarde, coronaba esa apreciación con una provocación quizás aún mayor: afirmó que la creencia en la libertad constituye el delirio del hombre normal.1 ¡Injurioso, sin ninguna duda! ¿Quién habrá de decirme que me encuentro condicionado y, más aún, “causado” en mi conducta por la acción efectiva de fuerzas ignoradas, si yo me siento libre para pensar y para decidir? ¿No se encuentra allí mismo, con base en esa creencia indubitable, la fuente de la ideología liberal, tan entronizada por la globalización acuñada por Occidente, la cual, para sustentarse, afirma nocionalmente la susodicha autodeterminación electiva del omnisciente “yo fuerte”? Nuestra clínica psicoanalítica cotidiana nos muestra, de manera sistemática, cómo y cuánto las buenas intenciones siembran, con efectiva y demarcable minuciosidad, el camino del infierno, el camino de la tanática compulsión gozosa a la repetición sufrida
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   Presentación

Por Alberto Santiere
Presentación de Héroe Trágico
 
   
  “Cabral soldado heroico/ cubriéndose de gloria/ cual precio a la victoria/ su vida rinde haciéndose inmortal”. Según relata la historia, dio su vida para evitar la muerte de quién sería “el Padre de la Patria”. Su sacrificio constituyó condición de posibilidad para el Otro. Queda girando la rueda mítica. ¿La caída del padre es un empuje a la inmolación heroica? ¿Habría héroe trágico sin la mirada de los otros? ¿Es la defección paterna fábrica del héroe y de su tragedia? Desde que la transmisión oral procuró dar cuenta de los orígenes de las diversas culturas, la figura del héroe trágico dijo presente. ¿Quién escribe el guión del destino fatal? Entre la gesta épica y la culpa, entre el “rinde” (ofrenda, rendimiento, rendición) –con la marca de la finitud precipitada– y lo “inmortal”, entre las vicisitudes de la estructura y un entorno que fogonea, se conjuga la poción heroica que impide al protagonista retroceder.
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